OBRAS DE JOSÉ HERNÁNDEZ NAVARRO EN CIEZA

Antonio Zambudio Moreno


 

 

La Región de Murcia, el antiguo reino ubicado en el sureste peninsular, es hoy por hoy una de las zonas más ricas en nuestra geografía nacional en lo que se refiere a la celebración de cortejos procesionales en Semana Santa. Las ciudades de Murcia, Cartagena y Lorca ofrecen unas manifestaciones riquísimas en este sentido, y es que en unos pocos cientos de kilómetros cuadrados, se pueden apreciar distintas maneras de entender esta celebración que en cada primavera, desde hace ya más de cuatrocientos años, se expresa vitalmente en los entramados urbanos de dichas poblaciones, ofreciendo unos contrastes en cuanto a valores estéticos, históricos y culturales que pocas regiones pueden mostrar. La Semana Santa de esas tres ciudades es una manifestación que en base a su historia, arte y todo lo concerniente a su riqueza antropológica, costumbrista y arraigo, ha sido declarada de Interés Turístico Internacional.

Pero con todo ello, hay poblaciones que en los últimos años han experimentado un creciente interés para todos los que valoramos este tipo de manifestaciones religioso-culturales, enriqueciéndose patrimonialmente de una forma extraordinaria e involucrando más si cabe a su ya fiel público y participantes. Es el caso de Cieza, una ciudad que ha visto como recientemente sus celebraciones penitenciales han pasado a poseer la calificación de Interés Turístico Nacional gracias al trabajo de muchos entusiastas nazarenos que en los últimos catorce años han contribuido a que dicha circunstancia se haya producido, colaborando con su esfuerzo a engrandecer principalmente el patrimonio escultórico de sus cortejos penitenciales.

Los grandes artistas contemporáneos, como José Antonio Hernández Navarro, Francisco Romero Zafra, Antonio Bernal Redondo o el jovencísimo y ya consagrado Antonio Yuste Navarro, son la base de este enaltecimiento de la escultura procesional en la ciudad de Cieza. Pero es justo reconocer al que fue o ha sido el iniciador de esta corriente, al artista sobre el que se dio el verdadero punto de inflexión en el crecimiento de la riqueza plástica de la semana santa ciezana: el murciano José Antonio Hernández Navarro.

La grandeza, la magnificencia, el buen hacer y la entidad como artista de este escultor, es apreciable sobre todo en la procesión más multitudinaria de la ciudad, la llamada "Del Penitente" o "Del Calvario" en la mañana de Viernes Santo, en la que las grandes cofradías ciezanas participan con algunos de sus más importantes pasos, elaborando un completísimo desfile en el plano histórico-iconográfico de la Pasión de Cristo.

Tres son los grupos que procesionan surgidos de la gubia del maestro de la localidad murciana de Los Ramos, tres conjuntos en los que muestra su sabiduría a la hora de componer pasos procesionales y tres escenas sobre las que tal vez no se ha hecho justicia en su valoración artística, cuestión que ya es hora de reivindicar porque hablamos del hombre que, como antes refería, supuso un antes y un después en la valoración de las imágenes procesionales de Cieza a partir del año 1999, fecha en la que plasma el primero de los conjuntos procesionales de Viernes Santo en la mañana, la obra Encuentro Camino del Calvario por encargo de la Cofradía del Cristo del Perdón. Al año siguiente elabora la escena Jesús en el Calvario o Sed Tengo, para culminar su quehacer para el día grande de la semana santa por excelencia con el grupo de La Lanzada, siendo ya el año 2006.

 

 

 

Hasta llegar al referido año de 1999, mucho tiempo había pasado desde que el maestro Juan González Moreno había realizado los cinco grupos o pasos que de su mano salen en procesión en Cieza y que sin duda son otros de los tesoros artísticos de la ciudad. Se habían hecho encargos de grandes composiciones en ese periodo, pero que no resultaban ser de gran enjundia artística, sino todo lo contrario, hasta el punto que se hizo preciso replantearse la situación y de una vez por todas procurar que a partir de ese momento las cosas dieran un giro radical en ese sentido, pues el camino no era el correcto.

Así pues, en una sabia decisión, la cofradía del Santísimo Cristo del Perdón opta por realizar el encargo del grupo del Encuentro de Jesús con su Madre en la Vía Dolorosa al imaginero más en boga en ese instante, nuestro artista José Antonio Hernández Navarro, en una representación iconográfica que no figura en las escrituras pero sí responde a la tradición piadosa y a la cuarta estación del Vía Crucis.

Como podemos apreciar en las instantáneas, la configuración de la escena es de una maestría excepcional, de una naturalidad fuera de lo común, de una plasticidad maravillosa y de una capacidad de persuasión y unción sagrada extraordinaria. Cristo se encuentra con su madre dentro del más tortuoso camino recorrido, ese que le conduce a la muerte de cruz de forma irremisible tal y como estaba escrito. Pero Jesús no se muestra condolido excesivamente, ni doliente, ni abatido... el artista ha representado a un Cristo decidido, de paso firme, mostrando su naturaleza divina por la cual es consciente de su inmensa tarea: la redención del género humano. Sabe lo que le espera, de hecho ya ha pasado por diversos tormentos, pero se dirige a su madre para consolarla, para hacerle ver la magnitud de su obra, la trascendencia escatológica y teologal de la misma.

Hernández Navarro dota a la imagen del Nazareno de una idealización más que evidente, mostrando un gesto de plena conceptualización religiosa repleto de belleza y firmeza moral. La Virgen, en un actitud de introspección del dolor, con las manos fuertemente apretadas, acaba por aceptar el designio divino y la palabra de su propio Hijo, al igual que hizo cuando el Arcángel San Gabriel le anunció la venida de su éste y la corredentora respondió: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra". Juan, el discípulo amado, aquel que siguió a Cristo hasta el pie de la Cruz, contiene a María y le ofrece su consuelo y apoyo en un gesto claro de condescendencia y amor por la madre de todos los hombres.

Los aspectos técnicos de las tallas son destacables, altamente logrados, con sabias actitudes, con una correlación excepcional entre las tallas que ofrecen una sacra conversazione a la altura de las más grandes expresiones de este tipo que se hayan plasmado en materia escultórica en los últimos años. Los volúmenes están sabiamente estudiados en una ocupación espacial plena de armonía, grandilocuente, con acabados de un nivel excepcional. Me atrevería a decir que, junto a la Virgen de la Amargura tallada para la Cofradía del Despojo de Valladolid, es la mejor representación mariana de José Antonio Hernández Navarro.

Pero sin duda, y teniendo en cuenta la grandeza del dúo que conforman la propia Dolorosa y San Juan, destacaría la suntuosidad y excelsitud del Nazareno, con ese paso decidido que antes refería, sabio estudio de la plasmación de su túnica que deja entrever parte de su magnífica anatomía y transmisor de una fuerza moral que es percibida por los espectadores gracias a la belleza de su rostro, a su gran expresividad y a esa grandilocuencia en su porte. Uno de los aspectos que más se han criticado en Hernández Navarro desde siempre es su labor polícroma, pero bajo mi punto de vista en esta escena no es discutible, pues combina a la perfección los tonos y colores adecuados, generando contrastes muy definidos en la superficie de las esculturas.

 

 

 

Con el éxito de este grupo, pasado un año la Cofradía del Cristo de la Agonía opta por realizar un nuevo paso procesional para desfilar en la mañana de Viernes Santo y encarga la escena de Jesús en el Calvario o Sed Tengo a nuestro artista. Antes de esa fecha, consta que Hernández Navarro ya había tanteado la posibilidad de realizar dicho grupo por encargo de otras cofradías de la región, y de hecho, poseía un más que destacable boceto en barro de pequeño formato que representaba este momento de la Crucifixión, aunque como digo hasta ese momento, por diversas circunstancias, no se había llevado a efecto.

El escultor compone un conjunto que, muy posiblemente y por comentarios que en algún momento se han escuchado, no ha sido del todo comprendido por parte del público ciezano, y aun respetando dicha visión u opinión, tal vez se haya procedido de manera injusta.

El Crucificado es una obra notabilísima, de más que lograda expresión, un Cristo parlante que escenifica plenamente el momento representado tal y como se expresa en el Evangelio de San Juan (Jn 19, 28), cuando el Redentor, para el cumplimiento de la escritura, dijo "Tengo Sed". Estamos por tanto ante la representación plástica de la Quinta Palabra que pronunció Jesús en la cruz, en una obra que muestra una imagen del Señor que vuelve a ser fiel a los postulados impuestos por Hernández Navarro en todos sus crucificados; es decir, las de la belleza y la idealización por bandera, siguiendo eso sí, una configuración anatómica de la escultura más poderosa de lo que más tarde, de manera excepcional, plasmaría en su Cristo de La Lanzada. El sayón, en una actitud fría, distante y hasta si se me permite el término "profesional", acerca la esponja al condenado haciendo uso de un palo largo, mostrando también un físico potente.

Este paso procesional es una obra a valorar. Hablamos de una escena o iconografía muy poco elaborada o realizada por estas latitudes, y Cieza tiene el privilegio de mostrarla en sus desfiles penitenciales.

 

 

 

Para finalizar este recorrido de imágenes, del que bajo mi punto de vista es Hernández Navarro quien marca un antes y un después en la revalorización plástica de las tallas procesionales de Cieza, nos vamos a referir el tercero de los pasos del artista que desfila en la referida mañana de Viernes Santo: La Lanzada. Diría que, como no podía ser de otro modo, dentro de la producción tan personal y original de este artista, también es un paso que no ha dejado indiferente a nadie, que tiene muchos detractores y a su vez otros tantos defensores. Particularmente, yo me encuentro entre estos últimos.

Muy criticado ha sido el caballo sobre el que el centurión se encuentra montado, sin tener en cuenta que la representación de este tipo de animal ha sido en muchos casos un gran quebradero de cabeza para algunos grandes artistas tanto en escultura como en pintura. Tal vez posea excesivo tamaño, pero ello, bajo mi criterio, contribuye a originar una sensación de grandeza de esta escena en la calle, que posee a su vez el que quizá sea el mejor crucificado realizado por José Antonio Hernández Navarro en toda su carrera, el Cristo de la Misericordia. Es tal su admiración y devoción, que durante el año recibe culto en la Basílica de la Asunción para que los fieles le muestren su respeto y cariño.

Es una imagen de Cristo ya muerto, de magistral y solemne testa que cae hacia delante en una expresión de paz y sosiego digna del Salvador. Sus valores plásticos y técnicos quedan mostrados en el sensacional labrado de los cabellos, que caen en madejas y originan una sensación de enorme realismo. Su cuerpo se encuentra totalmente desplomado, en una caída natural y bien lograda, marcada por un sabio posicionamiento de los brazos hacia abajo y un estudio anatómico pleno de verismo. Es un cuerpo inerte, desfallecido y extenuado, pero de una grandeza y majestad que responde plenamente al ideal sagrado de su autor.

La expresión del centurión tras clavar la lanza en el costado de Cristo es la de un hombre aturdido, quizás algo confundido por los hechos que están aconteciendo, tal vez preludiando la conversión que, según la tradición recogida en La Leyenda Dorada por Jacobo de la Vorágine, experimentó tras todo lo que pudo presenciar. Se trata de la figura de Longinos, el centurión que tras su abrazo al cristianismo fue decapitado como castigo por ello, tal y como figura en la referida tradición piadosa medieval.

Para terminar, apuntar que Cieza cuenta con otra imagen de primera calidad escultórica surgida de la gubia de Hernández Navarro, el Descenso de Cristo a los Infiernos que la joven Cofradía de Ánimas procesiona en la madrugada del Sábado Santo, dentro de un cortejo repleto de ascetismo y penitencia. Sin embargo, hemos referido estos pasos procesionales del escultor de Los Ramos por su complejidad como grupos y todo lo que ello implica para enaltecer la figura de su autor, un artista que, después de la "travesía del desierto" en la que Cieza se vio enfrascada tras las magnas obras de Juan González Moreno, supuso el despegue para toda la brillantez artística que ha venido después. José Antonio Hernández Navarro es por tanto el hacedor, el punto de inflexión que se necesitaba para el resurgimiento de la Semana Santa ciezana.

 

 

Fotografías de Cristina Torres Hernández

 

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