MARTA PERTEJO RESTAURA UNA TALLA SEVILLANA DE JERÓNIMO HERNÁNDEZ

Salvador Guijo (20/06/2023)


 

 
 
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La escultura, que presidía el programa iconográfico del primitivo retablo mayor del Real Monasterio de San Leandro (Sevilla), es obra del maestro escultor e imaginero Jerónimo Hernández, de 1582. Ha sido intervenida durante los últimos meses por la restauradora y conservadora Marta Pertejo. La intervención, que ha deparado importantes sorpresas, ha sido sufragada gracias a la subvención de la Junta de Andalucía, en el 80 por ciento del montante, y a la donación de un particular en la parte restante.

El monasterio expondrá durante el próximo mes la obra restaurada en la capilla del Cristo de la Sangre, dentro de la iglesia del cenobio, en su horario habitual de apertura antes de que la misma ocupe su lugar en la clausura. El horario de tarde será a las 19:00 horas, con la apertura para las vísperas hasta las 20:15 horas. El día 22 de junio la iglesia estará abierta en horario de 10:00 a 13:30 y de 17:00 a 20:30 horas, coincidiendo con la visita a Santa Rita. Con esta iniciativa se pretende que la misma pueda ser admirada por todos los sevillanos.

Esta escultura de San Leandro, padre de la Iglesia y arzobispo de Sevilla, de las de mayor calidad y antigüedad del monasterio que lleva su nombre, ha recuperado su policromía y estofado originales, ocultos bajo numerosos repintes. Igualmente, la limpieza del ovalo central del broche de la capa ha dejado ver un cristal que conserva, a modo de relicario, un trozo de hueso del santo, presumiblemente del brazo.

 

 
     
     
 
     
     
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Con el nuevo templo realizándose, a finales del Quinientos, fue necesario encargar una obra de la misma calidad y proporciones que el templo que se levantaba (1). Por ello, la comunidad, que ya conocía las medidas finales del templo que fue levantado sobre la misma planta del anterior, encargó la ejecución del nuevo retablo. Juan Bautista Vázquez el Viejo fue el trazador del retablo y los ejecutores del mismo siguieron las pautas del trabajo realizado por dicho artista, corriendo a cargo de los maestros Jerónimo Hernández, Diego de Velasco, Antonio de Alfián, Diego de Zamora, Juan de Saucedo y Vasco de Pereira.

La ejecución de la obra está claramente atribuida a los escultores Diego de Velasco y Jerónimo Hernández, quienes el 12 de marzo de 1582 contrataron la misma, mitad por mitad, con el convento de San Leandro y se obligaron a hacer en toda perfección la talla y la escultura. Las condiciones fueron muy precisas en cuanto a las medidas de las tallas, decoración y motivos. En principio se recoge un primer cuerpo de relicario, sobre el cual iría una "figura de san Leandro redonda, como advocación de la casa y a los lados dos figuras de bulto de san Pedro y san Pablo". Encima de este arco principal iría un recuadramento entre el frontispicio y pedestal del segundo cuerpo, donde se colocarían dos ángeles, y entre ambos un corazón con un verso de san Agustín, la historia de la predicación de san Leandro y encima un pelícano redondo con sus hijos, de donde saldría la cruz con una figura en ella de Cristo expirante con la Virgen y san Juan a modo de calvario (2).

La descripción inicial realizada en este contrato varió, ya que los vestigios que nos quedan, así como la documentación encontrada posteriormente, nos aportan la realización de otros motivos que no se incluyen en este contrato. Para ello hemos de retrotraer nuestro estudio al momento de sustitución de este retablo mayor que nos ocupa, por el posterior contratado por Teresa de Anguiano y Cárdenas, en 1747 (3). En una declaración realizada posteriormente, en 1786, por la que entonces era abadesa y su hermana, añadieron a los documentos alusivos a la sustitución del retablo una misiva en la que se explicó cómo las religiosas condescendieron a la sustitución del retablo por Teresa de Anguiano. El motivo fue "agradecer la voluntad que las tenía. Del mismo modo, se recoge que las mismas sentían que se quitase el retablo que tenían por ser hecho por artífices de estimación". En este sentido, insistieron en que los relieves del antiguo debían colocarse en el nuevo que se hacía (4). Estos relieves son concretamente seis, actualmente dispuestos en las calles laterales del nuevo retablo, representando el bautismo de Cristo, la flagelación, la adoración de los reyes magos, san Agustín de Hipona, san Juan Evangelista y la oración de Jesús en el huerto de los olivos. Ninguno de ellos aparece en la documentación original en lo relativo a la descripción iconográfica del retablo, lo que nos hace suponer que la misma cambió durante el proceso de realización del mismo.

Se utilizó una gran variedad de maderas según las partes del mismo, "la escultura de cedro y la arquitectura de borne, excepto las columnas que han de ser de pino de Segura". Las medidas y las proporciones de la obra vinieron condicionadas por el espacio de la capilla donde esta debía colocarse que sería de sobra conocido y se presuponía, pues no se incluyen en el contrato las medidas exactas. Sí se hizo una alusión más precisa en cuanto a la altura de las imágenes que, aunque podrían haber usado los términos varas, palmos, cuartas y dedos, prefirieron usar la unidad de medida de pies como así se recogió. Sirva de ejemplo la figura de San Leandro que nos ocupa: debía ser "redonda y de cuatro pies de alto, así como las imágenes laterales de san Pedro y san Pablo, de dos pies y medio de alto" (5). Del mismo modo, recoge el contrato como "todos los miembros, así mayores como menores de esta obra, vayan conforme a buena arquitectura, guardando en cada orden los preceptos de ella". Con esta cláusula se aseguraron cómo debía ser la correcta realización de la obra.

Con la misma se obligaba a los artistas Diego de Velasco y Jerónimo Hernández, como escultores, así como a Antonio de Alfián, Vasco de Pereira, Diego de Zamora y Juan de Saucedo como pintores, a la ejecución del retablo por el modelo que se hizo, entregando las fianzas convenidas. Las obras no comenzaron con mucha rapidez pues las religiosas retardaron la entrega del primer tercio del total al día 6 de junio de 1582, a partir del cual se inició el trabajo proyectado. El 2 de septiembre de 1586 (6) se examinaba la escultura. Para la continuación del retablo, al mismo tiempo que el tallado de la madera se iba realizando, contamos también con los conciertos de pintura con Antonio de Alfián. Este se comprometió a dorar y pintar la cuarta parte del retablo, en precio de 500 ducados, teniendo un plazo de año y medio para la realización del mismo (7).

La relación profesional entre Jerónimo Hernández y Antonio de Alfián venía de lejos ya que su colaboración se ve documentada en al menos cuatro trabajos en Sevilla, todos desaparecidos debido a la moda posterior que sucumbió ante los gustos barrocos imperantes, así como para otras obras de Jerez de la Frontera (8). Luego ambos autores conocían las maneras propias de cada uno a la hora de trabajar cuando llegaron a la obra del de San Leandro, lo que daba aún más seguridad a la comunidad para su contratación (9). De igual modo se recoge otra escritura de concertación de pintura de imaginería con el pintor Diego de Zamora, quien se comprometió con el convento a hacer el dorado, estofado y pintura de toda la talla, imaginería e historias para el retablo del altar mayor de su iglesia, que tenían a su cargo los escultores Diego de Velasco y Jerónimo Hernández (10), siendo presumiblemente el policromador de la que presentamos restaurada.

 

 
     
     
 
     
     
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La escultura de San Leandro, de estilo manierista, es una obra de bulto redondo que representa al santo arzobispo de Sevilla y protector de la ciudad. Es una talla completa que muestra al clérigo de pie, con gesto severo y de edad indeterminada, si bien presenta tallada la cabellera, de tono oscuro, asomando bajo la mitra. Tiene el pie izquierdo adelantado, lo que permite dar cierto movimiento a la pose del santo y a las telas de sus ropajes. Viste ornamentos pontificales: sotana, roquete, estola sin cruzar, amito, capa pluvial, guantes y mitra. Porta en su mano izquierda el libro, y la mano derecha la presenta en actitud de bendecir.

En la presilla que abrocha ambas partes de la capa, se encuentra un medallón tallado con hueco en el interior cubierto por un cristal que porta una reliquia de primer gradodel santo entre algodones.

La intervención de Marta Pertejo ha consistido en un tratamiento de desinsectación preventivo a base de permetrina, aplicado mediante jeringuilla a través de los orificios y ranuras existentes hasta la saturación del soporte. Una segunda fase ha comprendido la limpieza superficial y eliminación de productos de alteración, para posteriormente realizar una fijación de la capa pictórica. Esta ha sido realizada con cola orgánica aplicada con pincel o jeringuilla y secado mediante presión y calor moderado con espátula térmica. Posteriormente, se ha pasado a la consolidación del soporte y la limpieza físico-química, y al estucado con la reintegración volumétrica y material de las lagunas de preparación o aparejo. Tras un primer barnizado de protección se ha llevado a cabo la reintegración cromática ajustada a los tonos circundantes de las lagunas de color y dorado, con el objetivo de armonizar estéticamente el conjunto. En los dorados, la reintegración cromática se realizó con mica en polvo de primera calidad, aglutinada con resina acrílica mediante una técnica discernible de punteado sobre tinta plana. Se terminó el proceso con un barnizado final de la obra por la conservadora Marta Pertejo.

La comunidad de religiosas agustinas de San Leandro quiere invitar a toda la ciudadanía a visitar en directo la talla para una mejor contemplación de la misma, ya que se trata de una creación de primera calidad dentro de la escultura manierista sevillana. Igualmente, agradece a la restauradora su minuciosa labor, así como a la Junta de Andalucía y a todas las personas cuya colaboración ha hecho posible esta intervención.

 


 

FUENTES

(1) Para una mejor contextualización del artículo dentro del tema de la retablística sevillana es necesario atender a las obras siguientes: Halcón et al. 2000, 2009; Herrera García 2001; Palomero Páramo 1983. Sobre los retablos de la iglesia del cenobio debe consultarse Guijo Pérez 2018c, 2022.

(2) Descripción del primitivo retablo recogido en el contrato de ejecución de la obra. Ibidem, p. 239.

(3) Halcón et al. 2009, p. 295.

(4) AMSL. 24 de enero de 1786. Misiva de una sola hoja rubricada por Francisca Rita de Espinosa Núñez de Prado y Lorenza Ignacia de Espinosa y Prado, hermanas. Fueron ambas abadesas del monasterio, tal y como se recoge en el libro de elecciones (LESL 1748). La primera monja gobernó el monasterio desde 1765 hasta 1781, donde comenzó la segunda hasta 1795.

(5) López Martínez 1929, p. 239.

(6) Ibidem, p. 255. Esta cantidad se cobró de la mitad del tercio postrero, luego no coincide con la otra cantidad que debió pagarse a Bautista Vázquez de lo que valiese de la traza realizada, pues esta se pagó con la cantidad recibida del primer tercio el día 6 de junio de 1582. Tampoco se especifica si en este caso se trata de Juan Bautista Vázquez, el joven, en vez del viejo, pues sabemos que este inició una relación profesional con la viuda que se vio revocada oficialmente poco después de dicho examen, el 27 de octubre de 1586. Aunque sería también propio que fuera el viejo quien realizara la tasación por haber participado en la traza de la obra. Ibidem, p. 258.

(7) Ibidem, pp. 240-241.

(8) Antonio de Arfián y Jerónimo Hernández colaboraron en al menos cuatro trabajos sevillanos, ya desaparecidos: el Tabernáculo de la Virgen de la Estrella, en el trascoro de la Catedral de Sevilla. El autor del proyecto fue Hernán Ruiz, en 1569 se daba el finiquito. López Martínez 1949, pp. 54-55. Citado por Palomero Páramo 1983, p. 267. El retablo mayor para el convento de Madre de Dios, en 1570. López Martínez 1929, pp. 218-220. El retablo de San Antonio de Padua para el claustro del convento de San Francisco, en 1577. Ibidem, pp. 228-229. El retablo mayor del convento de San Leandro, en 1582. Ibidem, pp. 239-240. Citado por Ríos Martínez 1991, p. 34.

(9) Herráez y Sánchez de Escariche 1929, p. 278.

(10) López Martínez 1929, p. 209.

 

 
 
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