MARÍA MAGDALENA EN LA CAPILLA DEL CONDESTABLE DE LA CATEDRAL DE BURGOS

05/07/2021


 

 

A la derecha del altar mayor de la Capilla del Condestable o de la Purificación de la Virgen que se halla en la girola de la Catedral de Burgos, encontramos un retablo dedicado a Santa Ana concebido como un agudo pináculo gótico con doseles que albergan en sus nichos el repertorio más bello de figuras femeninas de toda la capilla, coronado por una imagen de San Rafael Arcángel perteneciente a otra época.

Dicho retablo se articula en tres pisos tanto en su parte central como en el único lateral, que se articula hacia el altar mayor. Las santas Magdalena, Marina o Margarita y ¿Perpetua? que alberga fueron realizadas por el escultor burgalés Diego de Siloé, que se hizo cargo en la década de 1520 de un encargo iniciado en principio por su padre Gil de Siloé, cuya muerte impidió su conclusión.

En el segundo y último piso del lateral del retablo se halla la imagen de Santa María Magdalena. Su posición es más erguida que la de las otras santas del mismo artista que aparecen en este retablo. La cabeza se inclina a la derecha y con la pierna izquierda inicia un paso hacia adelante. En esta talla la Magdalena muestra grandes ojos, nariz recta desde la frente, labios carnosos muy bien dibujados y óvalo redondeado con hoyuelo en el mentón. Su expresión es ensimismada y diferente a la de otras santas del mismo retablo.

La Santa María Magdalena de Diego de Siloé cubre su cabeza con un velo caído hacia el lado derecho y echado hacia atrás a la izquierda con una franja de fondo blanco en la que se puede leer su nombre en letras capitales doradas: "MARÍA MADALENA". El nombre reza sin la letra G.

Su cabello con raya en medio se recoge en mechones por anillas dobles a los lados y, formando una trenza, se enrolla en la cabeza. Alrededor de su cuello se adorna con un collar de piezas que parecen semillas, sujeto por la mano izquierda de largos dedos arqueados. El sayo, con reborde dorado y chatón de orfebrería con piedras, se ajusta por una cinta que deja caer los pliegues rectilíneos de la falda hasta los pies, forma peculiar en la que suele disponerlos Diego de Siloé. Sus mangas con acuchillados muy destacados que dejan ver los bullones de la camisa apuntan la cronología que se asigna al retablo, coincidente con la del copón o tarro de perfume de silueta panzuda, del que siempre va acompañada esta santa y la identifica claramente. Su manto es dorado, decorado con bandas en rojo y cruzado su extremo por delante de la falda. La riqueza decorativa y la bella policromía del pintor León Picardo dan prestancia a esta bellísima figura.

La policromía de esta escultura de Santa María Magdalena alterna las franjas horizontales de fondo rojizo, moteado en verde, con las decoradas con delicados dibujos o motivos geométricos, dorados sobre fondo blanco, separadas por otras más estrechas pintadas en tono verde oscuro.

 

 

Con una extraña homilía del papa Gregorio I en el año 591 comenzó una absurda confusión en torno a María Magdalena, a la que el evangelio de Lucas identifica con la pecadora penitente cuyo nombre no nos transmite el Nuevo Testamento. No deja de ser sorprendente e inverosímil que si a esta mujer se le perdonaron todos sus pecados al final del capítulo siete (Lc 7, 36-50), al comienzo del siguiente estuviera llena de demonios.

Esta incomprensible identificación pasó a la iconografía cristiana, en especial a las obras de pintores flamencos, representando siempre a María Magdalena con el vaso de alabastro lleno de perfume.

La aparición del Resucitado a Santa María Magdalena en la mañana de Pascua, escena popularmente conocida por la expresión latina "Noli me tangere", es contado en el evangelio de Juan de forma diferente a la de Marcos. Según Juan, María de Magdala fue la primera en ir a la tumba sola y permaneció también en la tumba cuando los discípulos se marcharon a casa. El corazón de María de Magdala estaba despierto y sin comprenderlo percibió el misterioso mensaje de la tumba vacía. Porque su corazón estaba preparado, pudo encontrarse con el Resucitado: vio porque creyó, No obstante, no reconoció al Resucitado hasta que escuchó su voz que la llamaba por su nombre. Sólo la fe que escucha puede desde ahora percibir la presencia de Cristo.

En la reforma litúrgica de 1969, se sustituyó el evangelio de San Lucas (Lc 7, 36-50) -que se leía 22 de julio de cada año, celebración de Santa María Magdalena Penitente- por el de San Juan (Jn 20, 1-2; 11-18). También se le retiró a la santa el desafortunado calificativo de "penitente".

El citado retablo burgalés de Santa Ana, también conocido por el de las "Once mil Vírgenes" por el gran número de santas y mártires que aparecen en el mismo, aunque fue construido en estilo gótico con influencias flamencas, siendo obra de la última etapa de Gil de Siloé, también muestra un claro gusto renacentista en las imágenes realizadas por su hijo Diego, que lo había estudiado durante una estancia en Italia.

La gran calidad estética de su imagen de Santa María Magdalena, elegida Pieza del Mes por la Diócesis de Burgos, está plena del peculiar encanto, tenuemente melancólico, que Diego de Siloé sabía comunicar a sus creaciones femeninas. También Diego es el autor del admirable "Cristo muerto sostenido por ángeles" que se halla sobre la predela cuajada de pequeñas santas del retablo de Santa Ana, situado en el lado de la epístola de la capilla catedralicia del Condestable. En dicho grupo de Cristo, Diego alienta ya francamente el patetismo sensitivo y neurótico en el que había de encontrar definitivo rumbo estético la escultura renacentista castellana.

 

 
 

 

FUENTES

JIMÉNEZ PLACER, Fernando. Historia del arte español: del Renacimiento (escultura) hasta el siglo XX, Barcelona, Editorial Labor, 1955, p. 540.

GONZÁLEZ DE LA IGLESIA, María Isabel. "Santa Bárbara de los artilleros en Burgos. Iconografía de la santa en la catedral", en Actas de las III Jornadas Nacionales de Historia Militar. Arquitectura e iconografía artística militar en España y América (siglos XV-XVIII), Sevilla, Cátedra "General Castaños", 1998, p. 60.

 

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