EL VELATORIO
Con información de Vicente Domínguez y Elías Rodríguez Picón (01/11/2013)
La muerte es tal vez el fenómeno que ha provocado más complejos ritos, pues un miembro de la familia y de la comunidad se iba para siempre. El fallecimiento de un individuo, el velorio o velatorio, el funeral y el banquete funerario, las misas de tercer y sexto día, el luto, el cabo de año y su comida, son ritos de separación, marginación e integración del difunto. Este complejo ritual ofrecía un marco a la catarsis. La muerte no se ocultaba, sino que al contemplarla de cerca y considerarla como un acontecimiento público, satisfacía las necesidades individuales y colectivas, permitiendo así a los individuos con este "infradistanciamiento" descargar la tensión acumulada y crear, al mismo tiempo, una solidaridad social. |
La muerte, como señala Martine Segalen, es siempre manifestación de un desorden que, en todas las culturas, se acompaña de gestos que permiten retomar el curso normal de la vida. En la sociedad tradicional, la muerte era un acto público, y por tanto mort apprivoissée (muerte domada), era desdramatizada y estaba rodeada de simplicidad. Todos participaban y vivían este fenómeno, incluido el propio moribundo. Como señala Philippe Aries, "la habitación del moribundo se transformaba entonces en lugar público". Nada más producirse el óbito, se difundía la noticia e inmediatamente comenzaba el velatorio del cadáver en casa del fallecido. |
Durante dos días y dos noches pasaban por la casa gran número de personas y accedían a espacios reservados a la familia; la mayoría llevaban obsequios -comida y bebida de excepción- y, al mismo tiempo, eran obsequiadas por la familia del difunto también con productos excepcionales o tabúes en otro momento cualquiera. Se rezaba, se lloraba, se hablaba, se bebía y, en definitiva, se acompañaba a la familia con el difunto presente. El día del funeral se solía repartir comida y bebida entre los asistentes. La comida, también de excepción, atraía a más gente, alimentaba a los que venían de lejos y fortalecía las relaciones. Con frecuencia, el difunto dejaba mandado lo que había que dar de comer el día del funeral y en el cabo de ese año, como consta en muchos testamentos. La misa del tercer día y, sobre todo, la del sexto día volvía a congregar a los más allegados y se iniciaba así la fase de transición y de "conducción" del difunto hacia su morada definitiva. |
La obra fotográfica El Velatorio (2013), del artista onubense Elías Rodríguez Picón, muestra acertadamente, a través de once intérpretes, la escenografía de un velatorio familiar en algún lugar de la Andalucía Occidental de los años 50 del siglo pasado. El cura bendice al difunto, mientras su monaguillo antepone la curiosidad al miedo. La viuda, con llanto amargo, se despide sin consuelo. El desvanecimiento de la abuela y la imagen del hijo que, irrespetuosamente sentado, muestra su enfado con Dios, conforman lo más destacado de la obra. |
FUENTES: DOMÍNGUEZ, Vicente. Tabú: La Sombra de lo Prohibido,
Innombrable y Contaminante, Oviedo, 2005, pp. 156-157.
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