LA DANZA MACABRA

Artemis Markessinis (27/10/2014)


 

 

El baile en la Edad Media se permitió solamente en contadas ocasiones, en los coros de las iglesias y en algunas procesiones. Más adelante, se fue permitiendo la danza en las plazas delante de las iglesias las vísperas de los festivos al anochecer, así como también en las puertas de los cementerios: de ahí nació la Danza Macabra.

La Danza Macabra o Danza de la Muerte, probablemente originaria de Francia, era interpretada por varios personajes que bailaban con otros tantos esqueletos, en representación del poder absoluto que tiene la muerte sobre la vida del hombre. Una de las primeras Danzas Macabras fue la que se bailaba en París, en el aniversario del martirio de los siete hermanos Macabeos y su madre en el Convento de los Inocentes.

Hay quien piensa que de ahí precisamente proviene el nombre de macabra, de Chorea Maccabeorum, si bien lo más probable es que proceda de la palabra árabe "maqbar", que significa "cementerio".

En el siglo XVIII y en las paredes de dicho convento parisino, se veían esas escenas con sus correspondientes versos al pie de las mismas, que fueron origen de otras pinturas reproducidas en tapices y lápidas de muchas iglesias de Francia, pasando más tarde a Inglaterra y Alemania.

En la capilla de Santa María de Lübeck se ve la reproducción de una Danza Macabra (imagen superior) de una forma muy sencilla: los versos al pie de la pintura están en bajo alemán. La pintura representa a veinticuatro clérigos y seglares en orden "descendente": desde el Papa al Emperador, la Emperatriz, el Cardenal, el Rey, hasta el Ermitaño, el Labrador, el Mozo, la Mujer y el Niño. Entre cada dos personajes la muerte danza en forma de esqueleto, guiando el cortejo y saltando al son de una flauta.

 

 

La Danza Macabra (en la imagen superior vemos uno de los 40 grabados de Hans Holbein el Joven sobre el tema, realizados entre 1523 y 1526 en Basilea) fue en realidad un tema de numerosos poemas medievales. He aquí un fragmento de la Danza de la Muerte del poeta y clérigo inglés John Lydgate (1370-1451?):

 

A ti, juglar, que por bien agradar
a las gentes, hábil tocas y cantas
de la mano diestra te voy a tomar
para que te unas con los otros a mi danza.
Intentar escapar de nada serviría,
nadie revoca nunca mi sentencia
y el que en música sabe de arte y armonía
puede con maestría aquí mostrar su ciencia.

Esta nueva danza es tan extraña,
llena de sorpresa y de perfidia,
los complicados pasos tan a menudo cambian
y el compás tantas veces varía
que ya no me sirve nada de esto,
a menos que librarme pudiera,
pero hombres muchos hay, si he de hablar presto
que danzan, sí, mas no como quisieran.

 

En este poemas y otros similares se trasluce que la danza puede ser engañosa, que muchas veces en esta época lo que aparentemente sugiere el movimiento externo no es la realidad del sentimiento interior.

El hecho de que los personajes manifiesten que se los fuerza a bailar, no es precisamente una expresión en términos vulgares de la inevitabilidad de la Muerte, sino posiblemente un reflejo de la impotencia humana frente a las enfermedades y epidemias que asolaban las comunidades, dramáticamente ejemplificadas en un mal popularmente llamado "Baile de San Vito", caracterizado por sus espasmos musculares involuntarios. Grandes muchedumbres de enfermos se congregaban en las iglesias dedicadas a este santo, esperando la curación que nunca llegaba: se ofrecía así un espectáculo grotesco y patético de danza colectiva.

 

 

La idea de la Danza Macabra siguió en la imaginación popular por lo menos hasta finales del siglo XVII. Prueba de ello lo tenemos en la declaración que nos ha llegado del inglés Jacob Seley en 1690.

Tan sólo cinco años después de las ejecuciones públicas masivas dictadas por el juez Jeffreys en el sudoeste de Inglaterra (eran los tiempos de la fallida rebelión del duque de Monmouth contra el monarca Jacobo II), ejecuciones tras las que se descuartizaba a los condenados y se colgaban o empalaban sus restos en lugares bien a la vista del pueblo, Seley tuvo una extraña aparición. Una noche en pleno campo, unos doscientos fantasmas en forma de jueces, magistrados, clérigos y campesinos lo aterrorizaron bailando a su alrededor una Danza de la Muerte, que él en vano intentaba destruir con su espada.

José de Espronceda, en su obra El Estudiante de Salamanca (1840), dice (versos del 983 al 995):

 

y a su monótono andar
las campanas sacudidas
misteriosos golpes dan;
mientras en danzas grotescas
y al estruendo funeral
en derredor cien espectros
danzan en torpe compás
y las veletas sus frentes
bajan ante él al pasar
los espectros le saludan,
y en cien lenguas de metal,
oye su nombre en los ecos
de las campanas sonar.

 

Esto demuestra que la Danza Macabra (en la imagen superior la versión realizada en 1904 por el artista francés Marcel Roux) aún fascinaba a los escritores y lectores del siglo XIX.

 

FUENTES: MARKESSINIS, Artemis. Historia de la Danza desde sus Orígenes, Madrid, 1995, pp. 57-59.

 

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