EL ESCRIBA SENTADO
24/08/2010
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La invención de la escritura hacia el año 3000 a.C. determina el comienzo de la historia egipcia más que cualquier otro cambio. La escritura era compleja, y la capacidad de leer y escribir queda limitada a una exigua minoría. Todas las gentes de clase superior hacían la carrera del amanuense como funcionarios, jefes del ejército o sacerdotes; también los faraones sabían leer y escribir.
Un escriba o amanuense era instruido por otro escriba en esa su primera ocupación, y los hijos de las familias principales podían iniciarse en el oficio desde muy jóvenes, tal vez hacia los 12 años de edad. Tras su instrucción o un periodo posterior, el amanuense iba ascendiendo gradualmente en la jerarquía administrativa. Es probable que los primeros conocimientos los adquiriesen antes de ocupar un puesto de trabajo.
La instrucción inicial parecía consistir en copiar pasajes de un texto jeroglífico cursivo. Después, el amanuense pasaba a las obras clásicas de la literatura y, tras haber sido promovido a un empleo, se iniciaba en los diversos géneros literarios de la época, como modelos de cartas, composiciones satíricas, poemas y panegíricos, que debieron ser los ejercicios cotidianos propuestos por los maestros.
En la escultura del Antiguo Egipto, las figuras de los escribas aparecían en su tradicional postura del amanuense: con las piernas cruzadas -generalmente, la derecha sobre la izquierda-, el faldellín extendido sobre las rodillas y el papiro sujeto en una de las manos -a veces, también desplegado sobre las piernas-. Es el caso del famoso Escriba Sentado que se conserva en el parisino Museo del Louvre, magnífica obra en piedra calcárea realizada en el Imperio Antiguo (hacia 2620-2500 a.C.) hallada en Saqqara por Auguste Mariette el 19 de Noviembre de 1850.
La mano derecha sostenía el pincel, hoy desaparecido. Lo que más impresiona de la escultura es el tratamiento de la cara y, sobre todo, el maravilloso trabajo de los ojos incrustados en el rostro, compuestos por un bloque de magnesita blanco con vetas rojas que se encaja en una pieza de cristal de roca, probablemente algo cónica, cuya parte delantera está cuidadosamente pulida. La cara posterior está cubierta con una capa de material orgánico, que le da color al iris y probablemente actúa como un pegamento. Los ojos están sujetos por dos grandes pinzas de cobre soldadas a la parte trasera. Una línea de pintura negra dibuja las cejas.
Las manos, los dedos y las uñas del Escriba Sentado están esculpidas con una delicadeza extraordinaria. El pecho aparece con hipertrofia y los pezones están formados por dos clavijas de madera. La estatua sufrió una limpieza en 1998 que mejoró su bien conservada policromía antigua. El detalle de la hipertrofia en el torso y los finos labios, rasgo inusual del periodo, lo identifican, por comparación con otros simulacros, con el oficial Pehérnefer.
FUENTES: BAINES John y Jaromír MÁLEK. Egipto.
Dioses, Templos y Faraones, Barcelona, 1988, p. 198.
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