SAN ANDRÉS ZOERARD, ERMITAÑO

Con información de Fernando Carnicero (17/09/2020)


 

 

En el propósito de dotar a la colección artística de la Fundación Caja Rural de Jaén de obras de clara cercanía a la representación del paisaje, ordenado o no por el trabajo del hombre, y la naturaleza, el Área Cultural de la Fundación presenta desde ayer en el Espacio La Rural esta nueva incorporación pictórica, paradigma interesante de un modelo aún ausente en la modesta pero robusta colección de la Fundación.

El lienzo procede de una serie, cuyo encargo en 1601 por parte de don Pedro de Toledo, virrey de España en Nápoles, ha sido recientemente documentado. Este conjunto será uno de los proyectos artísticos más importantes de su tiempo en el ámbito hispano, ya que el virrey, plenamente conectado con la cultura italiana del momento, recurrirá a algunos de los mejores artistas flamencos que trabajaban por entonces en Roma, como Paul Bril (Breda, 1553 o 1554 - Roma, 1626) y Wenzel Corbergher (Amberes, 1557 - Bruselas, 1634).

Las especificaciones del encargo son conocidas, y, entre otras de tipo más práctico, incluyen los nombres de colaboradores -Jacob Frankaert I (Bruselas, c. 1583 - 1651) y Willem I van Nieulandt (Amberes ¿1561? - Roma, 1626)-, el número de cuadros -que habrían de ser 90- y una requerida fidelidad a las composiciones de un conjunto de grabados de venerables ermitaños según diseño de Martin de Vos.

El impresionante ciclo pictórico, destinado al monasterio de Villafranca del Bierzo, que don Pedro de Toledo fundaría a su regreso a España tras finalizar su misión para la Corona, tendría, lógicamente un fin religioso y, dentro de éste, un mensaje específico -difundido de manera eficiente por la serie de Martin de Vos- que conectaba con los propósitos de la Contrarreforma.

La presencia del Creador en la naturaleza se convierte en mensaje esencial y principal, esto es, la posibilidad de encontrar la huella divina en el entorno natural y conectar con Él de una manera simple y directa. Los ermitaños se acercarán a Dios en la soledad del páramo y en plena comunión con la naturaleza.

El protagonista de nuestra obra es el eremita Zoerardus, que vive feliz cobijado en un apacible tocón, justo en el borde de un bosquecillo que se abre a un generoso e infinito valle. Los elementos naturales, árboles y animales que lo habitan están cuidadosamente representados, así como un pequeño e involuntario bodegón de frutas y hortalizas ante la figura del ermitaño. La escena inmediata, donde se acomoda la figura, se contrapone con un lejano paisaje, creando el pintor, de forma convincente, la sensación de un espacio natural inabarcable.

Bajo esta premisa el paisaje, como género, adquirirá una nueva significación en la producción pictórica del momento, siendo precisamente los elaborados por Paul Bril de los ejemplos constatados más significativos. El propio cardenal Carlo Borromeo (1538-1584), -canonizado por Paulo V veintiséis años después de su muerte, decidido promotor de los postulados contrarreformistas- reunió algunos de sus lienzos, apreció estas obras y dijo sentirse conmovido, ante la evocación del paisaje y la naturaleza, por la creación divina.

Gracias a su contenido conceptual, el cultivo de la pintura de paisaje empezaría a tomar en las últimas décadas del siglo XVI una relevancia inédita. Esta evolución dotará a este género, de forma extraordinaria, de notable independencia; creándose, a partir de entonces, una escuela de artistas, en su mayoría de origen en tierras septentrionales, como el citado Paul Bril, que ejercerán una gran influencia en las generaciones posteriores.

La obra adquirida recientemente por la Fundación Caja Rural de Jaén, San Andrés Zoerard ermitaño, un óleo sobre lienzo (98 x 119 cm) pintado hacia 1601 por Paul Bril y Wenzel Corbergher, podrá verse en el Espacio La Rural hasta el próximo 20 de octubre en horario de 08:30 a 14:00 horas.

El polaco Andrés Zoerard (Andrzej Swierad) se retiró muy joven a vivir como ermitaño en los bosques de Boleslao I de Polonia, de los que tuvo que huir debido al veto religioso impuesto por el gobernante que independizó el país. Su destino fue el Monasterio de San Hipólito en Zabor, donde se hizo monje, para luego volver a la vida eremita junto a San Benito. La iconografía representa a Andrés en el interior del tronco de un árbol, donde cuentan que fundó su ermita e hizo extrema penitencia. También dicen que Andrés y Benito fueron enterrados juntos cuando este último murió asesinado por unos bandidos, tres años después que Andrés.

 

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