UN SUPUESTO AUTORRETRATO DE VELÁZQUEZ EN LA FRAGUA DE VULCANO
01/08/2011
Durante su estancia en Roma, Diego Velázquez no se olvidó de su puesto de pintor de cámara del rey de España. Bajo el brazo trajo dos grandes historias: La Fragua de Vulcano y La Túnica de José. Son pendants: el engaño descubierto y el consumado; también se pintaron utilizando en su mayor parte los mismos modelos.
En La Fragua de Vulcano encontramos una historia homérica de dioses, y el más distinguido de ellos es, si no el protagonista, sí el interlocutor. Es un Apolo coronado de laurel y rodeado de un amplio resplandor, el perfil en sombra, perdido, destacándose en su aureola, con un ondeante manto dorado. Así entra en el taller y revela al paticojo señor del fuego, con gesto expeditivo y misterioso, la desgracia descubierta por su ojo que todo lo ve. No ha habido aviso, y enseguida se ha puesto a hablar, pues Hefestos aún está con las tenazas en la mano derecha y el martillo en la izquierda, tan solo vuelve la cabeza hacia Apolo, digiriendo la noticia con mirada perpleja.
Apolo se dio tanta prisa y diligencia en comunicar la infidelidad de Venus con Marte, que, indiscreto, despachó su nueva ante los cuatro ayudantes del herrero, que también se quedan de piedra en medio del estruendo del trabajo; sus ocho ojos convergen en el narrador de los rizos dorados con el interés familiar que tienen los compañeros por lo que hace la mujer del patrón. Se trata, por tanto, de un "momento crítico" entre dos emociones, pues antes de que pase un minuto tronará un alarido y el martillo se precipitará sobre el yunque, a falta de la cabeza del ausente amigo de la casa. Difícilmente creeremos capaz de una venganza tan griega como la que se concedió el Hefestos homérico a esta cabeza angulosa y enjuta, de pómulos duros y ojos negros y saltones.
El esquema de este grupo, maravillosamente dispuesto e iluminado, es el siguiente: a la derecha, un semicírculo de figuras abierto y, delante, el personaje principal. Quizás Velázquez realizara el boceto en Madrid, y no en Roma, pues la inspiración se podía encontrar mejor en el coto de caza de El Pardo que en la Campagna.
Más de 380 años después de que el maestro del Barroco español realizara este cuadro, otro sevillano, el escultor Jesús Méndez Lastrucci asegura haber encontrado un elemento "oculto" que supondría una conexión entre la pintura de Velázquez y la de Miguel Ángel Buonarroti: en una de las escenas del gran mural El Juicio Final, de la Capilla Sixtina, San Bartolomé, mártir que fue despellejado, tiene una piel en su mano y, según la tradición, Miguel Ángel pintó su cara en la piel despellejada del santo; Velázquez, al conocer la historia durante su estancia en Italia, habría decidido homenajear a Miguel Ángel autorretratándose en una piedra de la esquina inferior izquierda.
Según Méndez Lastrucci, que actualmente se encuentra completando su serie de esculturas en homenaje a Elvis Presley para el museo del cantante en Graceland, ese vértice es el punto más saliente de un cuadro donde no se deja al azar ningún elemento. La luz lateral da relieve a un presunto autorretrato trazado hasta las sienes, donde el frontal del cráneo parece doblarse y extenderse hasta encontrarse atrás bajo la sombra del mango de madera de la herramienta que, desde el suelo, se apoya en la piedra; elemento que, en opinión de Méndez Lastrucci, cumple su función de proyectar sombra como cuero cabelludo en unas formas adelantadas a su tiempo.
Para el escultor, el supuesto rostro de Velázquez, enfrentado al público, observa con un ojo difuminado mientras el otro parece enfocarnos y atraparnos en la inmensidad de su espesura. También son perfectamente visibles el caballete y una aleta de la nariz, el bigote con forma ascendente, la boca y el mentón, en lo que considera un guiño dentro de un cuadro cuyos modelos masculinos son tipos fuertes del común, de similar tamaño y proporciones, distinta edad, postura y apariencia, con un sutil cambio en el tono de la piel y la iluminación.
Méndez Lastrucci, que se arriesga todavía más en su hipótesis relacionando este detalle con las lánguidas materias compositivas plasmadas por Salvador Dalí, ha compartido sus argumentos con compañeros licenciados en Bellas Artes y profesores de Historia del Arte, quienes se han mostrado muy sorprendidos con una teoría que también encuentra su apoyo en los estudios de Carl Justi, el cual considera que, por una vez, con la libertad y el tiempo libre que Diego Velázquez tuvo en Roma, y bajo la influencia de la capilla de Miguel Ángel, el pintor español quiso responder plenamente en la representación del cuerpo humano.
De lo que no cabe duda es que La Fragua de Vulcano es un cuadro hecho íntegramente conforme a los sentimientos de Diego Velázquez, quien, recordando a Tiziano y Caravaggio en la composición de esta magistral obra, aprovechó una ocasión en la que podía respirar con absoluta libertad y cultivar el arte por el arte. Ser y apariencia, conocimiento de la musculatura y verdad de la envoltura externa están a la misma altura; la línea de la verdad natural se mantiene entre la dureza anatómica del científico y la suave imprecisión del pintor.
FUENTES: JUSTI, Carl. Velázquez y su Siglo, Madrid, 1999, pp. 282 y 283; PAREJO, Juan.
"Lo que esconde La Fragua de Vulcano", artículo publicado en Diario de Sevilla, 28/07/11, p. 19.
Escrito Relacionado en este | ![]() |
www.lahornacina.com