EL TALLER DEL ARTISTA
23/12/2018
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El pintor García Mencía con una modelo
en su estudio Foto: Mariano Moreno |
Presentación En 1727 se instaló en Alcora una fábrica de cerámica, especialmente para el uso doméstico, que iba a suponer un cambio radical en el panorama cerámico nacional. La apuesta empresarial absolutamente innovadora de su propietario, Buenaventura Abarca de Bolea, IX conde de Aranda (1699-1742), tenía un objetivo principal: fabricar a gran escala un producto cerámico de calidad a la última moda europea. Desde 1742, bajo el mandato de Pedro Pablo Abarca de Bolea, X conde de Aranda (1719-1798), hijo y heredero de fundador, se introdujeron las esculturas en la manufactura. Dos escultores con formación académica marcaron su producción: Julián López (1711-1792) cuya obra, basada en la representación de alegorías, personajes históricos y mitológicos, adoptó los cánones estéticos del barroco y del rococó caracterizados por la teatralización elegante y detallista, y Joaquín Ferrer Miñana (1749-1837), cuyas escenas de "luchas" entre animales, siguiendo los cánones neoclásicos caracterizados por la severidad no exenta de expresividad, ocuparon buena parte del muestrario. Otros escultores colaboraron en la confección de las esculturas, como José Ochando Navarro (hacia 1700-1773), Gabriel Andrés (1733-1795) y José Ferrer Pardo (1777-1843). Este último se especializó en el modelado de bajorrelieves de tipología clásica. La gradual precariedad de la casa Híjar, heredera de la fábrica en 1798, provocó su venta a los Girona en 1858, cuya producción escultórica fue poco relevante. Cristóbal Aicart, propietario desde 1895, dedicó buena parte de su producción a reproducir el antiguo muestrario escultórico. Cerrada la fábrica definitivamente en 1944, Ramos y Cia. (Alcora, 1944-1948) y la Fundación de Gremios (Madrid, 1941-1995), recobran el antiguo muestrario. |
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Estudio de Mariano Benlliure con el sepulcro para Blasco Ibáñez Foto: Vicente Moreno |
La fábrica En el año 1727 se instaló en Alcora (Castellón) una fábrica de cerámica especializada en la fabricación de objetos de uso doméstico, propiedad de Buenaventura Abarca de Bolea, IX conde de Aranda, en la que tanto su organización como su original muestrario decorativo y formal, nunca visto en España, pretendía estar a la altura de las manufacturas punteras europeas. El edificio, con casi 2000 m2 de planta prácticamente cuadrada, albergaba las secciones o "quadras" de dibujo, pintura, moldes, tornos, hornos, muebles, baldosas, técnico y, finalmente, escultura, como se dice en las primeras ordenanzas, «que deva estar abundante de modelos [….] executados con la mayor perfección de rigurosa última moda…», donde se realizaba, sobre todo en estos primeros años, el modelaje de objetos utilitarios. Cada sección o «quadra» estaba dirigida por un «maestro regidor» que estaba al frente de algunos maestros, oficiales y aprendices. Todas ellas estaban bajo las órdenes del «maestro principal» que hacía las veces de director artístico, responsable, entre otras cosas, del diseño de modelos. En 2006 se realizó, por primera vez, la reconstrucción virtual del edificio de la fábrica, que incluye las fases de su crecimiento entre 1727 y 1805, según la información que ofrecen las fuentes documentales y el plano realizado, alrededor de 1800, por el intendente José Delgado, máximo dirigente de la fábrica con competencias administrativas. Para poner en marcha la producción, el conde Buenaventura contrató exprofeso a un reducido grupo de avezados ceramistas provenzales: tres pintores, un modelador y un moldista, comandados por el marsellés José Olerys. Haciendo las veces de director artístico, como se recoge en el Memorial de 1729 este «da las disposiciones y forma dibuxos, istorias y otras cosas primorosas…». También contrató a unos pocos ceramistas españoles y a un escultor de la zona, José Ochando Navarro, como dibujante y maestro de talla, que al principio se haría cargo de la escuela de aprendices. Ellos se encargaron no sólo de los trabajos productivos, sino también de la formación del grueso de la plantilla, en su mayoría vecinos de Alcora requeridos por el conde. Para la formación de los aprendices, jóvenes de la zona entre 12 y 16 años, se puso en marcha una escuela donde debían aprender especialmente dibujo artístico, cuyo conocimiento era imprescindible para realizar con garantías los delicados trabajos de pintura. Además de los empleados en los oficios de la producción de cerámicas, la fábrica disponía de una plantilla destinada a realizar trabajos de mantenimiento y otros: herreros, carpinteros, mineros, leñateros, porteros y «diferentes obligados» para la conducción de materiales y lozas. Realizada en 1727 la selección entre unos 200 vecinos convocados por el conde Buenaventura, la plantilla se redujo a 126 empleados en 1735, quedando ajustada en los siguientes años a las 100 unidades. A partir de mediados de siglo XVIII, la plantilla aumentó paulatinamente hasta alcanzar casi los 200 empleados en 1763, cifra que permaneció con ligeros altibajos hasta el siglo XIX. |
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Agustí Querol esculpe en su estudio las figuras del frontón de la Biblioteca Nacional Foto: Aurelio de Colmenares y Orgaz (Conde de Polentinos) |
Herencia decimonónica El primer ámbito de la exposición El taller del artista refleja el bagaje artístico decimonónico de los autores seleccionados a través de la pintura de historia y de paisaje, de la que fueron exponentes José Moreno Carbonero y Aureliano de Beruete; así como la herencia del academicismo y del arte clásico, simbolizada en la imagen del gran salón central del Museo de Reproducciones Artísticas al que acudían numerosos artistas para dibujar los modelos de la antigüedad grecorromana. La pervivencia del clasicismo en la enseñanza académica, unida a la exuberancia formal y expresiva del modernismo, resultó en el eclecticismo que caracteriza la escultura monumental y conmemorativa del cambio de siglo. Agustí Querol y Mariano Benlliure fueron las dos estrellas más cotizadas en ese terreno, y gozaron asimismo de gran reputación Miquel Blay y Aniceto Marinas. Los retratos fotográficos de algunos de estos artistas posando en su estudio parecen reproducir, o al menos seguir de cerca, los patrones compositivos un tanto teatrales, abigarrados y eclécticos que definían las visiones pictórico-decimonónicas sobre el tema, como puede apreciarse en el retrato del escultor Eduardo Barrón. En oposición al estudiomuseo repleto de objetos variopintos, o al fastuoso hotel-estudio, encontramos la sobriedad y funcionalidad de otros talleres, propicios de distinta manera al desarrollo de la labor artística. |
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Estudio de
Néstor en Madrid Foto: Vicente Moreno |
Costumbrismo y modernismos Agrupa este bloque una segunda serie de artistas cuyo mundo creativo se inspira en el folklore, las costumbres, indumentarias y tradiciones de las regiones y pueblos de España; entre ellos, José María López Mezquita, Joaquín Sorolla, Chicharro, Pla, Julio Romero de Torres, etcétera. Artistas que adoptaron un enfoque sobre la realidad nacional que, en algunos aspectos, sintoniza con la obra literaria de la denominada Generación del 98, con cuyos miembros mantuvieron relación a través de tertulias y encuentros. Las relaciones amistosas e intelectuales entre pintores, escultores, dibujantes, poetas y escritores -desenvueltas con notable fluidez durante el primer tercio del siglo XX en España- se concretaron de modo ejemplar en las trayectorias de varios de los artistas aquí representados, significativamente en la obra de Juan de Echevarría, cuya serie de retratos de escritores fue denominada por el crítico Juan de la Encina como "La galería del 98". Se integran también en este apartado los estudios de Néstor Martín-Fernández de la Torre, Guido Caprotti, Pons Arnau, y el que el ceramista Daniel Zuloaga instaló hacia el año 1907 en la iglesia románica de San Juan de los Caballeros, en la ciudad de Segovia; espacio que adquirió gran notoriedad y fue polo de atracción de numerosos turistas españoles y extranjeros. |
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Dos niños con su madre, posan ante el
escultor Ignacio Pinazo Foto: Vicente Moreno |
Artistas de sociedad Una parte muy notable de los artistas que protagonizan la exposición El taller del artista se compone de retratistas cuya clientela pertenecía a familias adineradas, burguesas o aristocráticas, a la alta jerarquía funcionarial, eclesial o militar, o a la Casa Real. Algunos de ellos cultivaron el género del retrato al mismo tiempo que, con gran versatilidad, realizaron pinturas de historia y asunto literario o escenas costumbristas, como ocurre con Moreno Carbonero, López Mezquita o Guido Caprotti. No obstante, pese a la diversidad de géneros practicados, característica de muchos de los autores presentes en la muestra, incluimos en este grupo aquellos que destacaron especialmente en su faceta retratística. Es el caso de Manuel Benedito, que establece su estudio en el madrileño barrio de Salamanca y del que las fotografías nos revelan el majestuoso aspecto que presentaba la estancia principal, dotada de un pórtico con dobles columnas, friso y balaustrada, que debía de sugerir al visitante la imagen de un suntuoso templo o palacio de la pintura. Del aristócrata Bea Pelayo, también artífice de una extensa galería de retratos. O de Enrique Ochoa, ampliamente conocido por ser el creador, en pinturas, dibujos e ilustraciones, de un tipo femenino inconfundible, expresado en aquellos rostros idealizados de princesas o de musas. |
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Pacheco Picazo ante una de sus obras (Foto: Vicente Moreno) |
Aires de renovación En este bloque se han incluido imágenes de una serie de artistas en quienes se advierte un estilo y una actitud más moderna y desenfadada, ajena tanto a las normas académicas como a la temática castiza. Sus obras viran hacia otros asuntos y estilos más definitorios del siglo XX, llegando en algunos casos, como Maruja Mallo y Jorge Oteiza, a transitar el terreno de la vanguardia. El retrato fotográfico de Maruja Mallo en su estudio ofrece, con la claridad de un muestrario, las obras que acababa de producir y que fueron expuestas aquel año 1936 en la exposición individual organizada por ADLAN, así como algunas obras de su etapa previa, enmarcada en el surrealismo de la Escuela de Vallecas. El de Oteiza nos muestra una de las primeras obras del entonces jovencísimo escultor. En otras imágenes podemos apreciar la innovadora pedagogía del Instituto Internacional de Señoritas, y la significativa incorporación de mujeres pintoras y escultoras. El aire bohemio que impregna a los jóvenes creadores del momento. Y las distintas tendencias en el lenguaje escultórico, desde el realismo expresivo de Victorio Macho a la sutileza déco de José Capuz o Eliseo Ruiz Corisco. |
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El monumento al Cid de Juan Cristóbal en el taller de fundición Foto: Juan Pando |
Guerra y posguerra La exposición termina con un grupo de imágenes tomadas durante la guerra civil española y la primera década posterior, hasta llegar aproximadamente a la mitad del siglo XX. Durante la guerra vemos cómo se producía el arte de agitación, en el que la autoría queda supeditada al mensaje. Y la realidad paralela, de simulación de ausencia del drama en el estudio de Metallo. Las fotografías de posguerra nos muestran la vuelta a la "normalidad". Se alternan ejemplos del arte oficial y conmemorativo de la dictadura franquista en las figuras de Fructuoso Orduna o Juan Cristóbal, con la pintura norteafricana de Cruz Herrera y el retrato burgués y militar practicado por Ricardo Segundo y Valderrama. En el ámbito del retrato de sociedad destaca en esos años Clemente del Camino, considerado en su momento, no ya el pintor de moda, sino el retratista habitual de una época y de toda una generación de la aristocracia española, de miembros de la Casa Real y de numerosas personalidades en Madrid, Buenos Aires y Nueva York. Concluye el último bloque de El taller del artista con el estudio de Javier Clavo y el incipiente resurgir de una cierta modernidad en su pintura reminiscente de Pablo Picasso o Antoni Clavé; así como el soplo de aire fresco que supone la imagen de su grupo de compañeros de la Escuela de Bellas Artes. |
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Javier y Vicente Clavo observan cómo Ángela
Escribano diseña la cubierta de un catálogo Foto: Otto Wunderlich |
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