NUEVA OBRA DE LUIS GONZÁLEZ REY PARA CÁDIZ

Francisco Manuel Ramírez León (15/10/2011)


 

 

 

Un tanto disonante les resultaba a muchos cofrades gaditanos el paso procesional del Cristo del Perdón, talla magistral de Luis Ortega Bru. Aún estando considerada una gran obra de Manuel Guzmán Bejarano, de corte neobarroco y grandes proporciones, su acabado en color caoba lo observaban demasiado sobrio para el carácter de la corporación. Así pues, la monocroma madera vista (ya sea en la propia talla del paso o en la imaginería menor) no parecía ir en consonancia con las llamativas túnicas blancas con capa azul de los penitentes, ni con la música de las bandas que tanto anima el caminar de los pasos, ni con la exuberancia del adorno floral, ni con el enorme revuelo que las imágenes suscitan al apiñado y expectante gentío por las calles gaditanas.

Para casar con el alborozo de la madrugada del Viernes Santo, no serán necesarias transformaciones radicales en la obra de Guzmán Bejarano. Simplemente van a aparecer puntualmente en las andas el brillo del oro y multitud de colores. Y las va a aplicar el artista gaditano Luis González Rey. Se ha resuelto encarnar, dorar y estofar la imaginería menor: evangelistas y profetas que beben de originales de Ortega Bru, y querubines esculpidos bajo modelos de Francisco Buiza, que luego serán recolocados en el canasto. Así mismo, se sustituirán las antiguas cartelas con símbolos pasionistas y escudos, por otras que contemplen misterios. Ganará no solo en ornato, sino también en lectura iconográfica al mostrar, aun en síntesis, la historia de la Pasión.

Se ha fijado que los misterios que muestren las cartelas guarden vínculos con la hermandad. De este modo, la advocación de la Dolorosa de la hermandad, Nuestra Señora del Rosario en sus Misterios Dolorosos, encauza las iconografías de las nuevas cartelas: Agonía en el Huerto, Flagelación, Coronación de Espinas, Jesús con la Cruz a Cuestas y Crucifixión en el Monte Calvario. Se observarán cuatro de las escenas de la Pasión en las nuevas tallas de González Rey, quedando la última singularizada en el calvario portado en el paso; en concreto, en el magnífico crucificado expirante que tallara en 1980 Luis Ortega Bru.

En madera de cedro -luego policromada y estofada- ha sido labrada esta cartela del primer misterio doloroso, episodio pasionista por el cual el escultor gaditano siente una particular querencia: "en el que más se observa la naturaleza humana de Jesucristo, mostrando angustia ante la dolorosa muerte en la cruz que ya presiente, pues anda cercana la inevitable traición que sin remedio, desencadenará los hechos hacia ese final", nos comenta. No son pocas las veces que ha trabajado el gaditano este tipo de formato, a veces arriesgando en el diseño de la historia. Aquí se atiene a las formas y al estilo del paso procesional, planteando una obra de claro sabor barroco, muy en la línea del gusto cofrade, ya sea en su diseño (clásico, dramático y preciso en la iconografía), como en el colorista y rico acabado. Y no le pesa a la hechura su pequeño formato, pues le otorga un tratamiento de obra grande, alcanzando a representar en grado sumo el dramatismo de estos momentos iniciales de la Pasión. González Rey trabaja la pieza en altorrelieve, dejando exenta algunas de las partes, y confiriéndoles a las figuras un volumen y un tamaño que llena casi por completo todo el espacio. Así mismo, la escena representada alcanza a rebasar la línea del óvalo que los contiene, logrando llevar al conjunto una efectista monumentalidad.

 

 

 

En esta cartela labrada por González Rey Jesús aparece arrodillado, con la cabeza alta, clavando la mirada en el cáliz portado por el ángel. Manifiesta la zozobra que lo apodera, y no tan solo con el angustiado rostro o el expresivo gesto de la mano abierta, pues el ademán del cuerpo, que pierde la verticalidad y busca un apoyo firme en la piedra próxima, también participa del quebranto que padece Cristo.

No descuida el autor la definición de la anatomía (cabello, rostro, cuello o las formas que cubren las vestiduras), labradas someras en las partes desnudas, pero siempre dibujadas con corrección. La cabellera, resuelta a golpes de gubia que detallan levemente el volumen de los haces, está muy pegada al cráneo, simulando ser pelo húmedo por la abundante hematidrosis. Aún apoya este efecto, los negros mechones de cabello desprendiéndose y cayendo a ambos lados de la despejada frente, e incluso adhiriéndose a la anatomía del cuello.

La policromía, aplicada al óleo, enfatiza el dramatismo de la imagen. Regueros de sudor rojo destacan sobre las claras carnaciones. Así mismo, el tono azul celeste elegido para los ojos intensifica y hace más visible la angustia en la mirada. Las vestiduras, de pliegues muy naturales, las acaba con un vigoroso colorido aplicado al temple, en tonos carmesí y azul marino, y luego enriquecidas con el recurso de la estofa imitada. Repite con el estofado los largos motivos vegetales que viste la talla de las andas, buscando con ingenio la plena integración de la pieza en el conjunto del paso, y hacerla destacada y vistosa sobre el oscuro color caoba del mismo.

A la espalda de Cristo, un afectado y bello efebo alado alza solemne el cáliz. Con un suave movimiento que se amolda a la línea del óvalo, dirige a Cristo una mirada llena de pesadumbre. Domina en la figura la anatomía desnuda, ligeramente detallada pero bien formada. El rostro hermoso, de corte clásico. Peina los castaños cabellos en individualizados haces, trazando desiguales volúmenes con largos y profundos golpes de gubia. Cubre su desnudez una desprendida y holgada túnica policromada al temple en color salmón, dejándose entrever con la elección del tono un sabio juego cromático que busca el predominio de la figura de Cristo. Por este extremo cierra la composición las largas alas del ángel. Les aplica al temple un color blanco, añadiendo un repetido color salmón y un verde claro en el dibujo de unas plumas de buen tamaño. El estofado hace aún más lucido el acabado polícromo. En el lado contrario, cierra la escena y hace de fondo un frondoso olivo, trabajado más con policromía que con talla. El pan de oro que descubre el estofado perfila las hojas y el rugoso tronco.

Así ha ideado el escultor e imaginero gaditano la primera cartela de un conjunto que se presume atractivo, bien bello y de gran valía artística. Aún nos queda esperar para ver el resultado final, aunque el artista ya está en ello, en concreto con la cartela de Jesús Nazareno. El excelente reportaje fotográfico nos lo trae el maestro Rafael Rovira, que por su elocuencia siempre deja atrás a mis textos por muy riguroso, objetivo, o retórico que uno quiera ser. Obsérvese a través de las fotos lo emotivo y sincero que resulta ser el arte de Luis González Rey. Seguro que gusta como ha hecho suya la agonía de Jesucristo en el Huerto de Getsemaní.

 

Fotografías de Rafael Rovira

 

Volver          Principal

www.lahornacina.com