HOLANDESES EN EL PRADO

25/01/2010


 

 

La exposición Holandeses en el Prado se ha organizado con motivo de la publicación del primer catálogo de la colección de pintura holandesa del siglo XVII del Museo Nacional del Prado de Madrid. Reúne un amplio conjunto de las obras de esta colección, prácticamente desconocida, ya que, desde mediados de la década de los 40 del siglo XX, apenas está representada en las salas del Museo.

Por pintura holandesa se entiende la producida en las llamadas Provincias Unidas del Norte desde que, tras la firma de la Unión de Utrecht en el año 1579, se constituyeran en nación independiente, mientras que las Provincias Unidas del Sur (Flandes) permanecieron bajo dominio español. Eran siete provincias de las que Holanda era la mayor y su capital, Amsterdam, el motor económico de esta nueva nación que, a lo largo del siglo XVII, llegó a convertirse en una de las principales potencias europeas. La poderosa burguesía comerciante promovió un intenso desarrollo cultural y se sirvió de la pintura como el mejor vehículo de afi rmación de la nueva identidad nacional.

Coincidiendo con la celebración de esta exposición y como complemento a la misma, el Museo expondrá en una sala anexa La Compañía del Capitán Reijnier Reael y el Teniente Cornelis Michielsz Blaeuw, de Franz Hals y Pieter Codde, procedente del Rijksmuseum de Amsterdam. Esta pintura, que se exhibe en el Museo del Prado como parte del programa "La Obra Invitada", permanecerá expuesta en el Museo hasta el 28 de Febrero de 2010.

 

 

La exposición se ha organizado en torno a tres secciones: cuadros holandeses procedentes de las colecciones de los monarcas españoles Felipe IV y Carlos II, cuadros holandeses de la colección de la Casa Real de los Borbones, y nuevas adquisiciones; es decir, legados, donaciones, daciones y compras. Muchas de las obras expuestas han sido restauradas con motivo de la elaboración del mencionado catálogo. Gracias a estas restauraciones, ahora se pueden apreciar las sutiles gradaciones cromáticas, los bellos efectos lumínicos o la precisión del dibujo de buen número de obras, cuyo estado de conservación impedía su justa apreciación.

La escasa presencia de pintura holandesa en los inventarios de las colecciones de los últimos Austrias, Felipe IV y Carlos II, se debió al contexto histórico y político, y además respondió a una cuestión de gusto y de desinterés artístico. Los pintores holandeses trabajaban en un ambiente protestante y, en su afán por liberarse de la influencia del sur católico, habían optado por vincularse a la tradición pictórica nórdica, que era la defendida por la Iglesia reformada de línea calvinista, imperante en Holanda. Se trataba, además, de un pueblo que había luchado por dejar de ser súbdito de la corona española y era enemigo de la Iglesia de Roma.

Como consecuencia, y a pesar de su extraordinaria e innegable calidad pictórica, Felipe IV y Carlos II -igual que otros coleccionistas italianos y franceses del siglo XVII- no podían encontrar deleite en unas obras vinculadas a esa tradición, que se apartaba del idealismo clasicista derivado del humanismo renacentista, en favor de una pintura descriptiva y doméstica, basada en el objeto y en la representación del entorno y el quehacer cotidiano.

 

 

La llegada de la nueva dinastía de los Borbones coincidió con el cambio de siglo y con un giro en el gusto artístico. Felipe V e Isabel de Farnesio, ambos apasionados coleccionistas, trajeron consigo el interés por los cuadros de gabinete flamencos y holandeses que entonces imperaba en las diferentes cortes europeas. Como consecuencia, ingresó en las Colecciones Reales un elevado número de cuadros flamencos y, aunque en menor grado, holandeses, que sus sucesores no hicieron sino incrementar.

En la exposición se muestra una selección de los cuadros holandeses reunidas por los sucesivos monarcas de la Casa de Borbón. Abarca todos los géneros propios de la escuela: marinas, paisaje invernal, escenas de género, bodegones, cacerías, batallas y pinturas de historia. A éste último género pertenece Judit en el banquete de Holofernes (antes conocida como “Artemisa”), obra de Rembrandt que fue adquirida por Carlos III. Es una de las obras maestras del Museo del Prado y la única pintura del gran maestro holandés, hoy aceptada por todos los especialistas, que se conserva en nuestro país.

Por último, la tercera sección incluye las obras holandesas que ingresaron en el Museo del Prado durante el siglo XIX a través de legados y donaciones, y las que, ya en el siglo XX, lo hicieron, además, a través de daciones y de compra directa, lo que ha permitido cubrir algunas de las lagunas de la colección, como el bodegón y, sobre todo, el retrato. Es todavía amplia la tarea por realizar en este sentido, pero estos nuevos ingresos demuestran que la holandesa es una colección viva y en continuo crecimiento.

 

 

Hasta el 11 de Abril de 2010 en el Museo Nacional del Prado de Madrid
(Calle Ruiz de Alarcón, nº 23, Madrid) Horario: martes a domingo, de 09:00 a 20:00 horas.

 

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