MORADAS DE GRANDEZA

09/12/2010


 

 
     
     

Visión del Beato Alonso de Rodríguez

Francisco de Zurbarán
Óleo sobre lienzo. 1630
Real Academia de San Fernando (Madrid)

 

Santa María Magdalena Penitente

Claudio Coello
Óleo sobre lienzo. 1664
Museo Lladró (Valencia)

 

El Palacio Episcopal de Murcia acoge la exposición Moradas de Grandeza. La Ciudad Conventual Española, organizada por la Fundación Cajamurcia a través de su Proyecto Huellas, un proyecto que mantiene desde su creación el firme compromiso de recuperar, conservar y poner en valor el patrimonio histórico-artístico de la Región de Murcia. La muestra, que cuenta con la colaboración de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, el Ayuntamiento y la Diócesis de Cartagena, descubre la singularidad de la vida monacal española y su incidencia en la ciudad tradicional. Lo misterioso y desconocido de los conventos y monasterios españoles y su cultura son el hilo conductor de esta muestra. Grandes artistas como Bartolomé Esteban Murillo, Francisco de Zurbarán, José de Ribera, Alonso Cano, Claudio Coello, Rutilio Manetti, Antonio Rizzi, Juan del Castillo, Miguel Ángel Houasse, Francisco Pradilla, Gregorio Fernández, Alonso y Pedro de Mena, Hermanos García, Francisco Salzillo y Luis Salvador Carmona forman parte de esta exposición.

La localidad murciana de Caravaca de la Cruz se transformó, al igual que otras ciudades españolas, en lugar de atracción para las comunidades religiosas, fomentando su presencia en sus propias casas o en los nuevos espacios surgidos del crecimiento urbano experimentado desde los albores de la Edad Moderna. Hasta tal punto monasterios y conventos se convirtieron en elementos definidores de la ciudad, que su imagen urbana fue definida por la historiografía como la de ciudad conventual. Esta exposición, partiendo de esa realidad, quiere dedicar su argumento a ese fenómeno histórico, ahora concebido y ampliado como una visita imaginaria a una no menos imaginaria ciudad española de la Edad Moderna, siguiendo la pauta de la literatura de viajes tan característica de la Europa de los siglos XVI al XVIII. Ese imaginario viajero, que anota en sus hojas de ruta cuanto de característico ve en la ciudad, queda sorprendido por la presencia numerosa de conventos y monasterios. Esa doble condición lleva al viajero a recorrer los espacios urbanos, visitar los monasterios, preguntarse por sus formas de vida y a descubrir que, tras el misterio, el retiro y el silencio, se percibe una intensa actividad conectada con peculiares formas de vida, pero también con intensas labores sociales y de caridad, comprometidas con la enseñanza y la cultura, la medicina y la farmacia, el arte y la literatura.

 

 
     
     

Cruz Procesional del Rosario de la Antigua

Anónimo
Madera policromada. Siglo XVIII
Catedral de Santa María de la Sede (Sevilla)

 

La Cena de San Benito

Fray Juan Andrés Rizzi
Óleo sobre lienzo. Hacia 1650
Museo Nacional del Prado (Madrid)

 

Desde el solitario monasterio campesino, las órdenes religiosas buscaron el amparo de la ciudad, el contacto con sus habitantes, y éstos no sólo correspondieron con sus limosnas, con sus dotes y plegarias para permitir que se recorrieran esos caminos llenos de dificultades, sino que se beneficiaron de su presencia en ámbitos tan necesarios como la educación, la sanidad, la limosna y la beneficencia, la cultura y la piedad. Nuestro viajero (tal y como podemos ver en la primera sección de la muestra, Por Caminos Poco Andaderos) comprende las verdaderas razones de esa presencia, los beneficios mutuos obtenidos y la forma de relacionarse, desde la sacralización del espacio urbano (aquí es donde cobran sentido las vistas de las ciudades, como la de Toledo de las Civitates Orbis Terrarum) a la curiosidad por conocer a sus protagonistas (los cuadros que representan a los fundadores o a las propias fundaciones como San Jerónimo y San Benito de Zurbarán) y los testimonios de su acción social (documentos, literatura de fiestas, redención de cautivos, procesiones, hospitales, cuidado de enfermos, etcétera).

Tras la primera sección, el imaginario visitante ya tiene una idea aproximada de las funciones desempeñadas por las órdenes religiosas. Ahora, llevado por su curiosidad, quiere conocer algo más del mundo en el que viven, adentrándose en lo que Fray Luis de León llamó celestial esfera. En la segunda sección, llamada precisamente Aquesta Celestial Esfera, pronto se distinguen en la iglesia los objetos propios de las órdenes religiosas, relacionados directamente con su historia y representados muchas veces en los retablos, monumentales escaparates para mostrar a sus santos, fundadores, benefactores, milagros y episodios gloriosos. Esta sección dedica un lugar destacado a obras procedentes de viejos retablos y a objetos devocionales y litúrgicos como la Inmaculada Concepción y San José tallados por Pedro de Mena o la Dolorosa labrada por Salzillo.

La visión que hasta ahora tiene el viajero queda completada en la tercera y última sección, Esconder la Vida, con la apertura de la puerta reglar y la posibilidad de acceder a la clausura, a todo el significado de ese mundo interior, valorando sus obras de arte y la forma con que se esconde la vida. La sociedad y sus principales miembros, aristócratas, monarcas, concejos y benefactores anónimos, fomentaron la presencia de las órdenes religiosas. Una generosidad que favoreció la vida en solitario, dedicación a la oración, y estudio y trabajo de aquellas personas que vivieron en soledad, en un mundo misterioso y solitario. A estas facetas de la vida conventual se refieren obras como San Francisco en Oración de Zurbarán, Santa María Magdalena de Coello o La Venerable Madre Dorotea de Murillo. Lo estrictamente devocional tuvo en la vida conventual y monástica unas líneas dominantes: la humanidad y sufrimiento de Cristo (Niño de Pasión Dormido, talla de Pedro de Mena, o Ecce Homo de Ribera); acompañado de la Virgen (Dolorosa tallada por Mena) y, sobre todo, la figura de San José, que por su silencio y misterio se convirtió en el ideal de la vida conventual (San José de Ribera). Así discurre la visita por el interior del convento, al tiempo que conoce y reflexiona sobre lo que va viendo, la complejidad, riqueza y vigor de un mundo desconocido que también se le revela rico en experiencias, muchas de ellas literarias de la mano de nombres como Santa Teresa de Jesús, Sor Marcela de San Félix, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz o Tirso de Molina.

Con todo esto, se llega a comprender el concepto de monasterio como ciudad interior, en donde no sólo cobran importancia los espacios íntimos y personales, sino también aquellos con los que la ciudad y el viajero se sienten plenamente identificados.

 

 

El Palacio Episcopal de Murcia, recientemente restaurado con la colaboración de la Fundación Cajamurcia, es parte integrante de la "civitas sancta", cuyo corazón está constituido por la cercana Catedral de Murcia. Se dice que cuando el Obispo Mateo decidió la construcción de una residencia desde la que se pudiera contemplar la recién terminada fachada de la Catedral, impulsó la edificación de este palacio de planta cuadrada. De elementos arquitectónicos muy singulares, es una de las obras cumbres del siglo XVIII en Murcia. En su construcción colaboraron varios maestros canteros procedentes de las obras catedralicias.

El barrio monumental que la envuelve es la demostración de cómo un sector urbano se define por la entidad constructiva, la monumentalidad y la finalidad de los edificios que lo forman. De esta manera, argumento y lugar de exposición se complementan y contribuyen a desarrollar ideas ya puestas de manifiesto en la magna e inolvidable exposición Huellas, celebrada en la Catedral de Murcia en el año 2002.

 

Hasta el 30 de Enero de 2011 en el Palacio Episcopal de Murcia (Plaza del Cardenal Belluga, nº 1) Horario: de martes a sábado, de 10:30 a 13:30 y de 17:00 a 20:00 horas; domingo, de 10:00 a 14:00 horas; días 22, 23, 24 y 31 de Diciembre y 5 de Enero, de 10:30 a 13:30 horas; cerrado los lunes y los días 25 de Diciembre y 1 y 6 de Enero.

 

Volver         Principal

www.lahornacina.com