MIGUEL BORREGO. MUDANZA
Román de la Calle (10/03/2012)
El visitante actual de las esculturas antropomórficas de Miguel Borrego (Valencia, 1963) -que se muestran en el valenciano Centro del Carmen- tiene la ocasión de experimentar y ser testigo de un sorprendente y misterioso diálogo establecido entre el histórico y acogedor espacio conventual y las plurales figuras enigmáticas, concebidas básicamente para habitarlo, a través del repertorio de sus diversas acciones. Más de una vez he pensado, al contemplar -con estudio y dedicación- el particular mundo expresivo, concentradamente desplegado por sus personajes anónimos, profundamente ensimismados, que Miguel Borrego ha sido capaz de urdir una singular poética escultórica, trenzada a partir de sus entrelazadas lecturas, ejercitadas sobre la historia humana. ¿Acaso no son los diversos horizontes existenciales humanos -en los que ágilmente penetra nuestro escultor- los auténticos referentes y los modelos culturales que se reivindican a través de sus obras? Lo hace gracias a sus viajes, merced a las influencias literarias y a las reconsideraciones filosóficas rastreadas y, sobre todo, lo auspicia alimentando experiencias individuales selectivamente reconstructivas. ¿No son, además, esos referentes y modelos humanos los que predeterminan hábilmente, por su parte, también la elección del contexto exigido, del tiempo habitado e incluyendo la profunda narratividad de aquellas acciones que, por doquier, respiran sus figuras, como otros tantos testimonios de fascinación y de misterio? Asumir con toda persistencia y radicalidad -hoy- la figura humana, como referente primario y fundamental, precisamente en los primeros tramos del nuevo siglo, siendo así que ni el énfasis por el retrato, ni tampoco la obsesión mimética constituyen los auténticos refugios estéticos de su estudiado lenguaje escultórico, implica un reto de suma complejidad, que conviene mínimamente dilucidar. Por una parte, nos encontramos, de hecho, con todo un intenso esfuerzo, que parte de dilatadas relecturas históricas y confluye en posteriores depuraciones conceptuales y simplificaciones formales muy estudiadas. Por otra, entabla sólidas contrastaciones y equilibrios, homenajes y reinterpretaciones entre aquellas distinciones y semejanzas, mantenidas, a través de su quehacer escultórico, con otros destacados viajeros contemporáneos, promotores asimismo de sólidas y originales aventuras creativas, que más o menos coetáneamente se atrevieron a recorrer, asimismo, con soltura y decisión paralelos tramos de la misma diacronía: la historia de la escultura antropomórfica actual. Obligado es, por tanto, para la mirada del espectador actual insistir en el balance -contrastándolos- de los trabajos escultóricos de Miguel Borrego con/entre otras propuestas internacionales contemporáneas de raíces antropológicas, para mejor aproximarlos o distanciarlos de las raíces de su influjo y de sus propuestas. La cartografía de estos nombres incluiría, entre otros, efectivos enlaces y/o amplias desemejanzas con poéticas escultóricas como las de Medardo Rosso (1858-1928), Giacometti (1901-1966), Cornelis Zitmann (1926), Antony Gormley (1950), Juan Muñoz (1953-2001) o Ron Mueck (1958). Sin duda alguna, sabe moverse con soltura, Miguel Borrego, en la concepción y desarrollo de sus obras, muy en la línea interdisciplinar de las nuevas manifestaciones artísticas actuales, estructuradas y definidas entre la poesía y la etnología, entre la antropología y la espiritualidad, entre la experimentación y las relecturas históricas. Atendiendo así agudamente a las reflexiones semánticas y simbólicas sobre el cuerpo, pero dando carta de naturaleza igualmente a las inquietantes sugerencias hápticas sobre el mismo, nuestro escultor va dejando, sobre los materiales utilizados, con devoción vocacional y persistente ahínco, a la vez que va configurando la sintaxis formal de su discurso, los inquietantes trazos de sus propias huellas en el modelado y la geografía corpórea de sus figuras. Tampoco desatiende las exigencias que la nueva museología propicia para la instalación de las piezas en los espacios expositivos impregnados de historia, haciendo que las obras, cargadas -como resultan- de connotaciones sacras e incluso mí(s)ticas, se integren de forma directa en tales elocuentes silencios arquitectónicos, abiertos al visitante con toda su teatralidad espacial. Por eso precisamente se hace viable, a través de su lenguaje escultórico, la generación de nuevos y secretos sentidos, saturados de profunda espiritualidad, acumulables a los significados habituales que la propia presencia humana siempre, de suyo, irremediablemente desencadena con sus gestos, poses, gestos y expresiones. Espigando la saga continua que enhebra la procesión de sus personajes -anónimos e indeterminados, en el mismo grado en que pueden encarnar tipologías diversas en sus respectivas existencias- al hilo que van marcando sus intereses, vivencias y personales preocupaciones narrativas, Miguel Borrego incide, con persistentes vueltas de tuerca, en la investigación escultórica actual, con una poética ajustada, cuidadosa y sobria. De esta manera, desde el estricto panorama del arte valenciano y con justo esfuerzo, decididamente se ha lanzado a conectar e integrarse, ampliando la intensidad de sus propios recursos, en el presente horizonte de la escultura antropomórfica coetánea. |
Hasta el 20 de mayo de 2012 en el Centro del Carmen de Valencia (Calle del Museo, nº 2)
Horario: de martes a domingo, de 10:00 a 20:00 horas; los lunes, cerrado.
Nota de La Hornacina: Román de la Calle es comisario de la exposición.
www.lahornacina.com