LOS ANIMALES TAMBIÉN LLORAN
Curro Cañete Leyva
Seguro que se sorprenderían ustedes (desagradablemente, espero) si mientras pasean tranquilamente por la calle contemplaran cómo un vigilante de los del metro, de estos que ahora llevan un perro adiestrado para que olfatee y destape a los presuntos delincuentes que circulan por el suburbano, la emprende a golpes contra el can, con saña y encono, por motivos desconocidos (obvia decir que, además, nunca hay motivo para golpear a un perro, como tampoco lo hay para golpear a ningún otro animal ni persona).
Pues esta escena la viví yo el otro día junto al metro de Arturo Soria, en Madrid.
Hago un resumen: el vigilante se había enfadado con el perro por no sé qué motivo y, así, había comenzado a darle golpes en la cabeza y en el cuerpo, delante de mucha gente. “Le ha dado bien, no un simple golpe en la cabeza, la verdad es que creo que el hombre se ha pasado”, me contó una mujer de mediana edad. Una joven que pasaba por ahí arremetió contra el vigilante, dolida, defendiendo al pastor alemán, explicándole al señor que no tenía ningún derecho a dar golpes a un animal que, pobre de él, encima, había sido contratado por la Comunidad de Madrid para disuadir a los delincuentes a cometer delitos en el suburbano.
El hombre no le hizo ni caso y siguió a lo suyo y en ese momento fue cuando una señora con un niño de unos tres años de la mano, la emprendió a gritos contra la joven animalista. Surrealista.
Una vez que sabía todo lo que había sucedido me acerqué al vigilante, y le dije “que sepa que no tiene usted ningún derecho a hacer lo que ha hecho y que le voy a denunciar” a lo que me contestó, fuera de sí, rojo de ira: “No tenéis ni puta idea, a este tipo de perros es necesario pegarles, si es que no sabéis”. Podría haberle explicado que no hay ningún tipo de perros a los que sea necesario pegarles, que para educar o adiestrar nunca hay que llegar a las manos porque la violencia nunca es ejemplo, que quien se aprovecha del más débil merece la reprobación de todos, y que estaba seguro de que era un maltratador, porque si era capaz de hacer algo así delante de todo el mundo qué no haría cuando nadie lo ve. Con el perro. O en su casa con su mujer y sus hijos si es que los tiene. Podría haberle dicho, decía, pero no le dije nada de eso. Le di la espalda, me acerqué a la joven y le di (por supuesto) todo mi apoyo. Ella estaba llorando, con la respiración entrecortada por el disgusto, le costaba prestar atención y tenía la mirada perdida. Entonces me dijo: “Joder, yo lo único que le dije es que no pegara al pobre perro”.
Recordarán ustedes el caso de Juan Lado, el hombre que fue grabado por su vecino apaleando brutalmente a una pareja de pastores alemanes, uno de los cuales, murió. Una simple multa económica otorga a Lado vía libre para continuar torturando, porque en nuestro país no existe ninguna ley que impida de forma efectiva a torturadores y asesinos de animales a seguir agrediendo y matando. Es decir, el señor Lado puede ahora, tras pagar su multa, seguir teniendo animales domésticos (de hecho tiene otros dos cachorros, un perro y una perra).
Para más INRI, y pese a que el susodicho vídeo había salido en todas las televisiones, se convocó una manifestación ¡a favor del agresor y en contra del veterinario-vecino que le denunció! Los manifestantes, más de trescientos, gritaban “Lado está siendo víctima de un linchamiento injusto”. El apoyo popular continuaba con argumentos como “si el perro se comía las gallinas, hay que pegarle para que aprenda”. Me preocupa y me entristece que en el mismo mundo que habito exista gente como Juan Lado, como el vigilante, como estos manifestantes. El mundo que me rodea, amig@s, conocid@s, colegas, no son así ni mucho menos pero, ¿cómo saber si son mayoría los otros? Espero y confío que no.
Si estás en contra de esto, puedes entrar y firmar en
http://firmas.amnistianimalmadrid.org/ley/
para que se elabore una ley que inhabilite a martirizadores a tener más animales.
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