OCHO AÑOS DE DESTRUCCIÓN
Sergio Cabaco y Jesús Abades (10/09/2013)
Os contamos: el portal sigue su curso; durante los primeros días, nuestra prioridad ha sido el acuse de recibo que aparece siempre en verano. Hay quien cree todavía que julio y agosto son un largo letargo, cuando la realidad es que son meses de alivio, tanto de trabajo como de encargos. Y que nada de eso falte. Pero ahora estamos cada vez más centrados en las novedades que, como bien dicen los del Guggenheim, sirven para colorear el otoño. De hecho, esto lo escribimos sentándonos y levantándonos ante un portátil que galopa y corta el viento, aunque no creáis que no se trate de un gran placer tras las numerosas felicitaciones recibidas a través de varias vías por estos ocho años. Celebramos emocionados el aniversario por todo lo alto. Lo único triste es que, al revisar el devenir hornacinero de todo este tiempo, estamos refrescando la memoria con muchos sucesos olvidables. Hemos visto un montón de cosas, pero lo que más, destrucción. Si tuviéramos el don de resucitar el arte perdido... el urbanismo destruido, las esculturas escarnecidas, el arte callejero burlado, las pinturas desteñidas, los rincones ultrajados, los eventos censurados y demás horrores, no os quepa duda que todo sería restituido para poder retornar al embrujo que, sibilinamente, poquito a poco, nos quitaron una manada de incultos. Especialmente nos gustaría disfrutarlo con los grandes artistas que ya no están entre nosotros. Sus existencias son siempre demasiado cortas y ahora nos tenemos que conformar con retenerlos en nuestras memorias y revivirlos a través de sus obras, dándoles las gracias por su legado. Recibimos el octavo aniversario con alegría pero con los pelos de pollo, porque el curso se retoma con esos mismos destructores en pie de guerra, acosándonos con sus expolios y abrumándonos con sus aberraciones a medio construir, ahora más sórdidas y grotescas que nunca pues tienen de compañeros a solares amarillentos, edificios desolados tras los desahucios y un buen manojo de comercios cerrados. Sin embargo, la conmoción terminal que nos provoca el duelo por todo lo destruido no debe disuadirnos de permanecer con la mente clara y la lengua firme. No basta con alejarse del destructor, sino que debemos boicotearlo a través de acciones y palabras que no hieran ni violen, sino que simplemente terminen de abrir los ojos y siembren conciencias. Y eso será así porque no forman parte del despacho de un trepa sin escrúpulos, ni de un infierno de asfalto y ladrillo que pone en la piqueta nuestro patrimonio, ni de la desinformación académica que padecemos para que los destructores continúen adoctrinando que ni las costas, ni los bosques, ni mucho menos la parte noble de nuestras ciudades y pueblos son intocables. En ese vertedero no queremos estar. Siempre en las cunetas, incluso en las más ciegas, hay flores rebeldes que crecen para alegrar el mundo y alejar el miedo a las desdichas temporales que, pese al indignante silencio que las rodea, no deben tomarse como una debacle total. De tiempos peores hemos salido. Con esas flores nos hermanamos y por eso anunciamos eufóricos el hecho de seguir contando con todos vosotros, queridos internautas, que sois realmente los que nos inyectáis ilusión y sabiduría en este gris panorama que requiere a veces de nosotros mucha fuerza. Y como queremos que el chute sea mutuo, os decimos que las lluvias de mierda curten el lomo; y en las dispuestas a cargarse el arte, la educación y el patrimonio, que no son pocas, en esos casos hay que empezar a reaccionar como moscas cojoneras ante los destructores que la pifian un día sí y otro también. Nunca olvidéis lo que os dijimos una vez: ustedes hacéis La Hornacina; un portal que, entre los eventos vividos estos ocho años, cuenta también mucho amor, belleza, cultura, humor, risas y amistad. Esas cosas que engrasan el motor de la vida. |