TORQUEMADA EN LA HOGUERA

Jesús Abades y Sergio Cabaco (31/12/2022)


 

 

El arte es un reflejo de la sociedad que enriquece. Posiblemente, el más fiel de sus reflejos. En la sociedad actual, con sus virtudes y miserias como ha sido siempre, hay instalada una fuerte violencia en Internet en general y en sus redes sociales en particular por haberse convertido en la herramienta a través de la que se desarrollan ahora los intereses colectivos, incluidos los más oscuros, entre los que se encuentra la coacción de la libertad personal y creativa de la ciudadanía. Ello, en relación con el arte, viene dando lugar durante los últimos años a menosprecio, desidia, expolio y un largo etcétera. 2022 ha sido un año que se ha caracterizado especialmente por dos factores tan negativos como peligrosos: su fallido uso por las protestas civiles derivadas de la crisis financiera y energética, y la censura hacia las manifestaciones artísticas que impliquen la sexualidad o la desnudez del cuerpo humano, o bien los activismos que interesan ser silenciados por incómodos.

Pero no solo de Internet vive la censura. Recientemente, la prohibición de una obra de teatro en Madrid llevó a sus numerosos detractores a manifestar la necesidad de denunciar las injerencias políticas que provocan la retirada de obras y autores de las programaciones de los centros culturales, así como la necesidad de contar con herramientas y garantías legales que protejan el trabajo de los artistas -caso de gestores culturales que trabajen con independencia de los intereses ideológicos o partidistas de quienes les han designado- para garantizar el buen funcionamiento democrático de nuestras instituciones culturales. No han sido los únicos: los vetos de la feria Art Basel de Miami, la clausura del único museo LGTBQI+ en Rusia, la mordaza de los medios de comunicación chinos o el cierre bajo el pretexto de la baja audiencia que RTVE dio a un reality por la visibilidad dada a la identidad transgénero, han sido también objeto de recientes acusaciones de censura, tanto por parte de particulares como de instituciones opositoras a lo que se llama "cultura de la cancelación".

Volviendo a las redes sociales, a dicha cancelación hay que sumar la humillación pública hacia la labor artística perseguida. Un estudio de Juan González Liendo, publicado hace un par de meses por la Sociedad de Investigación sobre Estudios Digitales, señala a Facebook, Youtube, Instagram y Tik Tok -precisamente, las redes más usadas por ese orden- como las más censuradoras para el arte. También desde que Elon Musk compró Twitter, desde esta red denuncian un notable aumento de lo anterior, unido al incremento de tweets racistas y delitos de odio. Para las profesoras Incaminato y Suárez Tomé, en el marco que vivimos de ascenso de las ultraderechas, es visible la dificultad que tienen los grupos hostigados por los agentes conservadores para expresarse libremente en las redes, aunque ambas también apuntan la existencia de cancelaciones por derecha y por izquierda, entre progresistas y entre conservadores. La acción en sí misma, según ellas, no detenta una ideología en particular, se presenta de modos dispersos, ambiguos y muchas veces hasta torpes.

En La Hornacina hemos vivido en 2022 tanto la censura de los responsables de las redes como la de sus usuarios, pues como afirman Incaminato y Suárez Tomé, la vieja práctica de la polémica con sus altisonancias ahora se ha amplificado y todos están invitados a participar. Fue poner la bandera de Ucrania en Twitter y desaparecer todos sus contenidos, e incluso temporalmente la cuenta, de forma totalmente injustificada. Los algoritmos de Facebook, tan inútiles que no diferencian a veces entre la escultura de un niño y la incitación a la pederastia, nos han censurado en dos ocasiones imágenes sagradas de Cristo desnudo en su infancia por confundirlas con pornografía infantil. Y también nuestro espacio en Facebook, donde hasta entonces solo hubo, salvo contadas excepciones, empatía y respeto, mutó el pasado verano en una especie de purgatorio castrador cuando publicamos una escultura de una santa desnuda y crucificada; tal y como muchos teólogos, en el caso de que dicha santa haya existido, dicen que murió después de ser objeto de ultrajes y violaciones que, en la mayoría de las narraciones hagiográficas, se omiten. Que conste que tanto el autor de la obra como nosotros sabíamos que podía provocar críticas por el desnudo -siempre contradictorio, al ser frecuentemente considerado repulsivo por parte de los "adoradores" de efigies femeninas-, pero nunca pensábamos que las reacciones iban a ser tan fuertes por mucho que algunas partieran de los peores artistas sacros de España, antislamistas que nos echaron en cara no meternos con Mahoma (¿?) u ofendiditos que en sus redes tenían textos y fotos abiertamente xenófobos y homófobos, curiosamente nunca eliminados por Facebook pese a que después nos enteramos que habían sido repetidamente reportados por incitación al odio y a la violencia.

Otro reciente estudio de Exidela Burgos, en este caso sobre el Estado venezolano -estructurador de la esfera pública y delimitador de las comunicaciones, según la experta-, incide en lo fundamental que debe ser para la ciudadanía adquirir competencias tecnológicas y conciencia sobre las implicaciones de la tecnología y sus usos políticos, en especial cuando son los gobiernos no democráticos y sus "mareas canceladoras" quienes restringen y bloquean las plataformas de comunicación digital, con el fin de controlar y censurar la libertad de expresión, entre ella la de los artistas, cuyo arte, ese del que subsisten, no es ofensivo por el mero hecho de salirse de sus directrices. Unas directrices que, lejos de salvaguardar a su público como proclaman, obedecen a intereses mucho más oscuros donde prima la represión a lo diferente. "El arte no daña a la sociedad, reprimir voces críticas sí", como manifestaron hace meses esas voces críticas en México ante el acoso de algunos organismos.

De cara al año 2023, en una sociedad cada vez más alienada, polarizada y crispada por las redes sociales, donde las "fake news" son el pan nuestro de cada día, y sus vínculos, más que con los usuarios, están con las grandes corporaciones tecnológicas que las sostienen, debe evitarse la censura al arte que dichas multinacionales y sus tentáculos han impuesto por asumir, en palabras del profesor José María Lassalle, "una capacidad de vigilar y castigar" lo publicado, entre lo que encontramos la experiencia artística; hoy en día, muy ligada por las redes, como en su momento hizo Dalí sin ellas, a la experiencia de comunicación de la vida privada del artista. "En esa vigilancia y castigo permanente que, de alguna manera, forma parte de las actuales infraestructuras tecnológicas", según Lassalle, "la capacidad para crear está limitada". Opinión que suscribimos plenamente.

 

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