CASA DE PILATOS: SABOR ARISTOCRÁTICO Y POPULAR

Rafael Wals Dantas. Fotografías de Manolo Gómez


 

 

 

Siempre he creído que no hay guión para viajar al centro de las cosas, a su esencia más profunda y oculta, me gusta, pues, visitar estas casas, estos palacios, que me sorprenden en cada rincón, dejándome guiar para descubrir su autenticidad sólo por el instinto de mis pasos. Pasos que deambulan ahora caóticos, errantes, por las galerías de la Casa de Pilatos sin seguir el orden propuesto por ninguna guía de turistas, con su eco acompasado como mi único compañero de visita... No pretende ser este reportaje nada exhaustivo ni recurrente en el que se muestre lo de siempre. Con él sólo pretendo comentar las sensaciones que este palacio me procura en su íntima fusión entre lo aristocrático y lo popular, lo que supone una auténtica manifestación del alma andaluza. Sólo es pues un reflejo de las sensaciones intimistas que me ha sugerido cada vez que lo he visitado y que ahora afloran de nuevo al contemplar el reportaje fotográfico que ha realizado Manolo Gómez.

La Casa de Pilatos, anclada en su característico rincón de la plaza a la que da nombre -emplazamiento idóneo que interpola a la perfección entre la Sevilla más céntrica, la de las elegantes costumbres, y la que, llena de sabor, comienza a ser más populosa- guarda en su interior múltiples fragancias que el paso del tiempo ha ido ofreciendo. He aquí la oportunidad de destapar sus frascos y descubrir una compleja realidad, llena de secretos no sólo alimentados por saber atesorar y conservar un rico patrimonio, sino también por el duende que aporta la sabia arquitectura tradicional, íntimamente relacionada con la latitud en que vivimos. Esto da pie a descubrir miles de detalles, que salen a la luz durante un paseo que podría ser eterno; habrá otros tantos que permanezcan silenciados por los viejos muros de carga, o escondidos en las entrañas del habitáculo más imprevisible.

La figura del patio destaca entre el mar de recursos que la arquitectura pone a nuestra disposición, y en él se lleva a cabo la unión perfecta entre su condición de vaciado -perfecto, ortogonal- de la masa edificada -más orgánica en sus formas- y la de no dejar de ser una zona interior de la casa, aun teniendo por techo un cielo radiante. Para suavizar el trance el patio se protege con un filtro perimetral...

La superposición de tejidos engrandece las estancias y les da calidez. La cerámica, la madera y los mármoles, las pinturas y yeserías, se combinan entre sí y se relacionan con la luz para que la galería sea distinta a cada hora del día. Un cúmulo de sensaciones comprendidas entre el sosiego y la calma surgen al avanzar sobre las baldosas, dignificadas por el paso de los años; mientras que los emperadores, atentos desde sus hornacinas, provocan cruces de miradas y nos hacen detenernos en el tiempo, produciendo un paréntesis que es roto por el canto de los pájaros y acompasado por el vaivén de la vegetación.

 

 

 

Las hileras de columnas generan una serie de fugas entre las que salen victoriosos los capiteles, que sostienen majestuosamente el peso de los siglos. Así se materializa el límite entre galería y patio, entre zona porticada y descubierta, provocando con el simple gesto de dar un paso el traslado de una estancia a otra, ambas pertenecientes a un mismo lugar.

La intimidad que evocan las zonas con luces más tenues nos incitan a adentrarnos en ellas; y a medio camino descubrimos huecos que son permeables pero infranqueables, que insinúan y que invitan, pero no a ser cruzados, sino a observar a través de ellos. Mientras el alféizar se opone levemente a nuestro paso, las rejas lo hacen de lleno, pero su filtro de luces dulcifica la prohibición, comparable a la atmósfera de silencio de un convento de clausura. Los postigos se cubren de elogios, no limitándose a la funcionalidad, sino ofreciendo su madera para que el tallista demostrara su valía. Al abatirse, la luz inunda todo cuanto se le permite. Es entonces cuando dentro de un mismo habitáculo surgen dos realidades bien distintas: una hace que lo prescindible pase desapercibido bajo el amparo de la oscuridad, mientras que la otra enfatiza los matices que realmente son necesarios para la creación de sensaciones. Así, el suelo no está formado simplemente por una trama ortogonal, sino que en él se dibujan miles de formas, formas que ya existían, que se fueron formando por el desgaste del tiempo, y que necesitaban las luces y miradas idóneas para ponerse de manifiesto.

Esas mismas luces son las que hacen que nuestra voluntad, caprichosa, quiera de nuevo saborear los encantos del patio. Una vez cruzada la linde que forman las columnas y sus respectivos arcos uno ya puede sentirse partícipe de una arquitectura natural, que cambia según los días y según las estaciones, y que no es proyectada por el hombre. Así, el verde se alza como textura principal. El agua, fresca y en constante movimiento, se suma al dinamismo que producen los ficus y las palmeras, que juguetean con los tímidos soplos de viento. La buganvilla opta por destacar entre el resto de materialidades, y finalmente consigue imponerse y vestir a los gruesos y viejos muros con su malva.

Un elevado número de macetas, orgullosas de la sencillez de su tez marrón, se limitan noblemente a su función contenedora, despojándose de cualquier envolvente, y, como queriendo defenderse del calor que se avecina, se agrupan todas sobre el poyo, con el anhelo de acariciar el agua con sus hojas. Otras, en cambio, se engalanan con guirnaldas, y cuan pináculos en una balaustrada, se elevan sobre peanas vestidas de verde y amarillo.

 

 

 

Si concebimos todo el conjunto como una superposición de escenas donde cada elemento integrante tiene una misión, podremos ver cómo, entre la proporción tosca y rechoncha de los tiestos, alguno se alza entre los demás de forma airosa y grácil; o cómo, ante la invitación de la escalera a subir a través de ella, las verdes cintas pretenden oponerse, cubriéndola con sus miles de extremidades. El muro blanco se reinterpreta a sí mismo como un enorme tapiz, sobre el que las ramas ascienden, tejiendo un jardín vertical que podría tener la escala que quisiéramos, según las dimensiones que concediéramos a la ventana. Sin rozarlo, como si quisieran dar volumen, claveles y gitanillas rojos, rosas y lila se adelantan al muro, posando en la escena sobre la baranda.

La fuente se cobija ante el centenario tronco, que escondiendo multitud de secretos en sus formas, se convierte en punto de referencia vertical, mientras el agua se cubre con sus sombras o se baña con las luces que han conseguido vencer el filtro de las hojas.

Mientras paseábamos nuestros sentidos, que se encontraban íntimamente relacionados con el verde del lugar, se adormecieron para entrar en un clima de armonía en el que el paso del tiempo no tiene cabida. Pero la misma brisa que acaricia a hojas y flores, pícara y zalamera nos susurró de repente en el rostro e hizo que despertáramos de nuestro letargo. Se había detenido el reloj de nuestra alma, pero no el que marca las horas reales. Si observamos detenidamente es cierto que el día había continuado transcurriendo: al pasar por el patio principal las sombras de las columnas se dibujan inclinadas sobre los paramentos verticales cada vez más estilizadas, mientras que los arcos recorren con el paso de la tarde los distintos motivos materializados en los azulejos.

Al buscar la salida el bullicio empieza a posicionarnos de nuevo en el incesante ritmo exterior, para devolvernos al barrio de San Esteban. Al cruzar la portada principal, sin darnos cuenta, estamos pasando por una barrera invisible tras la cuál llegamos de nuevo a la Sevilla del ajetreo y de la eterna gracia, pero tras sentir en nuestro corazón un pequeño puñado de nostalgia volvemos la vista atrás, y contemplamos la portada inerte, anclada majestuosamente en su rincón. El color pétreo de las pilastras destaca sobre el fondo de ladrillo, más sobrio, pero no menos noble. Incluso los naranjos parecen asomarse para ser partícipes de nuestra despedida.

Ahí se queda la portada en su rincón de la plaza de Pilatos, testigo del transitar de miles de personas cada día, oriundas de otros tantos bellos rincones, y expectante ante las tantas y tantas vicisitudes que cada mirada le transmite camino de la Alfalfa en románticas conversaciones silenciosas.

 

 

 

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