CON EL PEQUEÑO COMERCIO

Sergio Cabaco


 

 

Hace unas semanas, cerraron unos magníficos ultramarinos del siglo XIX que estaban junto a mi casa y fueron la panacea de muchos cocinillas en numerosas ocasiones. No había cena, evento o improvisación impuesta por las amistades que no conociera una previa visita al establecimiento, siempre a la caza del encurtido selecto o de las delicias en conserva que casi nunca encontrabas en otro sitio. Los avispados saben que no siempre una mareante campaña publicitaria de Omega3 va pareja a una calidad culinaria, siendo preferibles en no pocos casos las marcas anónimas que conservan la esencia natural sin añadidos. Y eso, en ese ultramarinos, también lo sabían.

Como muchos pequeños comercios, la tienda cierra sus puertas por la remodelación urbanística que trae de la mano la destrucción del edificio y la cercana construcción de un mega-mercado de acero y hormigón, no tan siniestro como los centros comerciales donde los consumidores parecen deambular por un excrutador escaparte, pero mucho menos preferible que las vigas de madera, las solerías chinescas o los asientos de enea.

Ya se acabaron las compras por saquitos de esa harina a granel con la que los aros de cebolla y el pescaito frito quedaban tan crujientes. Tampoco veremos ya las ñoras de cosecha propia ni esos botes de especias con un carisma kitsch que los hacía irresistibles, ni siquiera esas lamparillas que flotaban gracias a un corcho sobre el aceite y que resultaban mucho más prácticas que las velas para alumbrar una fiesta, pues nunca se consumían aunque la historia se alargara hasta el amanecer. Y lo peor de todo, se acabó el trato familiar de esas vendedoras que parecían sacadas de la España de García Lorca o Edgar Neville.

Frente al negocio sencillo y casero, las multinacionales (multipoderosas y multipatriarcales, como cantan los de Ojos de Brujo) cada vez se apoderan de más territorios para un comprador que, lejos ya de ser considerado como cliente individualizado, forma parte de una masa ávida por consumir, adocenada y complaciente. Apenas quedan en mi entorno tiendas con encanto que siguen apostando por el trato humano, de ahí que cada nueva apertura por parte de un pequeño empresario, valiente y contrario a los excesos, merezca mi lealtad absoluta si se corresponde con la habitual calidad en este género. En mí siempre encontrará el pequeño comercio a un gran adepto.

 

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