YO TAMBIÉN SOY UN EMIGRANTE

Curro Cañete Leyva


 

 

Una tarde cualquiera, doy un paseo por el madrileño barrio de Lavapiés, mi preferido. Observo detenidamente a un subsahariano, a un africano, a un negro, como solemos llamarlos aquí. Tiene el semblante preocupado, triste, sin viveza, serio. Me causa tribulación, como aquellos otros que han tenido que permanecer al otro lado de la valla, que no han conseguido cruzar, como él, hacia el país en el que tienen proyectados sus apócrifos sueños. Me pregunto qué le distingue de ellos, de los que murieron intentando dar el salto, o de los que fueron abandonados a su suerte en el desierto, conducidos en un autocar, hacinados, esposados, desesperados.

El negro que tengo delante lo ha conseguido y, sin embargo, mi intuición me dice que tampoco lo tendrá fácil aquí, en esta tierra de ensoñaciones que sólo existían en su imaginación, y que precisamente existen porque nosotros, los de los países super desarrollados, nos hemos encargado de que nos envidien, mostrándoles un paraíso que ellos tienen vedado. Y lo tienen vedado aunque logren pisar nuestro suelo, porque está claro que aquí nadie les quiere, que nadie les tenderá la mano; pero, en cambio, él, el africano que espera en la calle del Ave María, es un privilegiado a los ojos de sus compatriotas. Lo es para esos que ahora ni siquiera se sabe dónde se encuentran, esos que buscan estos días las ONG desesperadamente, o aquellos a los que países como Marruecos ha expulsado a través del muro del Sáhara y quedan perdidos entre alambradas y miles de minas, en peligro de muerte.

Escuché que unos 30.000 subsaharianos se encuentran expectantes en Argelia y Marruecos, muy atentos, por si se presenta la ocasión de saltar hacia el progreso que promete nuestro país. Ahora lo tendrán más difícil aún: el ejército marroquí se encuentra construyendo un foso en el paralelo al perímetro fronterizo de la valla de Melilla. De repente, inmóvil, pienso si mis políticos serán capaces de dar solución a un problema tan caro. Deben hacerlo, de lo contrario, somos muchos quienes no se lo perdonaríamos jamás. Y no se trata de construir vallas más altas, ni fosos, ni más trampas que sólo conducirán a más muertes, pues esos subsaharianos están dispuestos a morir, no tienen nada que perder, pues no tienen vida, y ven en la nuestra una salvación, una esperanza no ya de algo digno, sino sólo de algo, cualquier cosa que sea. Que se reúnan todos los países ricos o éstos con los pobres y tengan todas las cumbres que quieran, pero, por favor, que piensen en soluciones de fondo que sirvan a largo plazo, como la distribución de la riqueza, un plan potentísimo de ayuda a África, o la supresión de las barreras a la exportación de los productos africanos a Europa. Que se les deje comerciar y enriquecerse.

No puede ser que crucemos nosotros las vallas a nuestro antojo, para expandir nuestro comercio o rodar una película o realizar un viaje turístico emocionante, y luego disparemos un tiro al negro que salta buscando una vida cualquiera, porque carece de ella. También podríamos dejar de llamarlos, y, si no estamos dispuestos a compartirla, guardarnos nuestra antipática opulencia donde no puedan verla.

No confío en los políticos, ni en los míos ni en los de mi entorno, pero espero que resuelvan el drama más auténtico, el de los inmigrantes y sus problemas, y dejen de dar tanta importancia y discutir de forma tan virulenta por nimiedades, que a veces hacen pensar que se han vuelto completamente locos. Es necesario también un compromiso firme y decidido de los periodistas, posicionándonos, demostrando que somos el cuarto poder. Y bien que podrían los obispos animar a sus fieles y salir con ellos a las calles a protestar y a reivindicar solidaridad.

Miro de nuevo hacia enfrente, y ya no está mi subsahariano, se ha marchado. Me voy a mi casa, sintiéndome algo egoísta, y me pregunto adónde habrá ido, si tendrá familia, si tendrá pareja, si será feliz, a qué se dedicará o si le dejarán dedicarse a algo. También me pregunto si se acordará de sus hermanos y llorará por ellos, y qué pensará de nosotros los españoles y de nuestras cosas.

 

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