LA CINTA

Alejandro Cerezo


 

 

Como si fuese la erupción de un volcán a la inversa, sube gente por todas las laderas del Conquero. Es noche cerrada. Se oyen cascabeles y panderetas chocando anárquicamente sobre el muslo del músico que espera en alegre conversación. El aroma de fritanga de los churros mantienen los ojos despiertos. Un grupo de hadas blancas parecen barrer la Ría y limpiar sus aguas a la espera de una visita Real.

¡Qué lámparas tan blancas en los muros de cal! De la portada hacia atrás se derrama el Santuario como la cola del vestido de una novia que caminase derecha al altar del Odiel. La seña será marcada por las bocanas del claustro, cuando comiencen a salir madres y padres, niños y globos de gas.

Es entonces cuando la transubstanciación eucarística se lleva a términos casi blasfemos. Y algo raro corta el aire cuando el Mural cede poderes a la madera Chiquita. Entonces la Diosa Lunar se hace a la calle. La “Luna llena de celestiales reflejos”; un canto de salida a la noche que se va, un reto al sol que nace.

La Virgen de la Cinta no conoce la gravedad. Nunca ha pesado, ni tampoco pisado el suelo. Está en ese constante equilibrio aéreo, en imposible pose sin base; y máxime si le toca bajar a Huelva el día de la Asunción. Siempre nos parecerá enseñarnos en su granada el minúsculo reloj de las constelaciones.

Detenidos en su rostro, cuesta imaginarse la mujer turbada que encontró Gabriel. Parece más bien que el ángel le contó al oído, en algún descuido y sin que nadie les viera, el final de todo; sólo así se justifica un gesto tan infinitamente gozoso como el de Nuestra Señora de la Cinta.

¡Ay! Veinte años ya de canciones al alba... Si un niño americano oyese los sonidos de la bajada del Conquero, se le asemejaría al mágico trineo de Papá Noel. No le culpo. Lo triste para el andaluz es que Papá Noel no nos parecería un extraño Rosario de Campanilleros...

La Virgen de la Cinta abandona su Santuario por una idílica arboleda que juega al escondite con el siempre desnudo Niño Jesús. Tras varias revueltas desemboca en el casco urbano. Allí, la Virgen Chiquita es conducida a la Concepción, iglesia cuyo presbiterio siempre parece llamar su presencia a lo largo de todas las horas del año. Mañana, la Patrona de Huelva regresa de nuevo a su casa, y ya andan las hadas blancas repasando la Ría.

 

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