IMAGINERÍA DEL SIGLO XXI
Jesús Abades y Sergio Cabaco (28/06/2017)
Nota de La Hornacina: Prólogo del libro Imagineros del siglo XXI. Productos barrocos en entornos 2.0 escrito por Antonio Rafael Fernández Paradas (ver enlace) ya a la venta en librerías. |
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Proyecto del grupo del Sagrado Encuentro para Filipinas (Juan Bautista Jiménez) |
Adentrarse de forma minuciosa en un mundo tan complejo como el de la escultura sacra del presente siglo XXI no es tarea fácil. De entrada, puede constituir un apasionante viaje iniciático para los curiosos que, atendiendo a diversos motivos, sienten interés por las creaciones imagineras y su encuadre dentro de una posible catalogación en las corrientes artísticas -las también llamadas neo-corrientes- que beben de las huellas del pasado. ¿Qué es la imaginería? Podríamos preguntarnos antes que nada. Sinceramente, en todos estos años de estudio y divulgación no hemos podido obtener una respuesta ya que, a diferencia de lo que pueda parecer, es un concepto susceptible de tantas interpretaciones como espectadores. No cabe duda que hablamos de recrear escultóricamente una divinidad, no necesariamente para el culto cristiano; aunque muchos ensayistas que huyen de la ortodoxia extienden su campo de acción a los mortales glorificados. Nosotros preferimos quedarnos con el concepto de imaginería entendida como obra maestra, la que subyuga al público a través de unos simulacros que despiertan aprecio independientemente de las creencias personales y de la postura planteada ante una religión que, también a diferencia de lo que pueda parecer, no siempre ve sus preceptos morales reflejados en la nobleza y amor al fiel que irradian ciertas esculturas, por mucho que surjan como símbolos de la misma. Tanto los artistas titulados por Facultades o Escuelas de Arte, como los que se declaran imagineros autodidactas -también podríamos incluir en este grupo a los aprendices en el taller de un maestro, independientemente del origen de su formación-, conforman una hornada de variados puntos de vista que, en ocasiones, se materializan en innovadoras concepciones escultóricas, destinadas a priori al servicio de un arte que, en sus orígenes, mostraba desde lo visual lo que de otra forma el pueblo llano -siempre un preciado objeto de adoctrinamiento globalitario y lúdico por quienes ostentan el poder; infame planteamiento social que, lamentablemente, permanece inmutable a lo largo de los siglos- no llegaba a comprender debido a su escaso o nulo nivel de alfabetización. |
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Acabado del Crucifijo de los Capuchinos de Valencia (Ramón Cuenca Santo) |
No somos partidarios de la conversión del arte en pura formulación. Creemos que la grandeza de todo artista consiste en conducir las miradas más allá de la obra, en que cada visionado nos aporte algo nuevo y en que el poder creativo de su hacedor se imponga a cualquier fórmula ancestral; algo que, es triste reconocerlo, no siempre se da en la imaginería contemporánea. La falta de originalidad no se compensa con la brillantez de una hechura o el empaque de un acabado. El concepto tradicionalista que envuelve la imaginería no justifica el vacío total de inspiración que nos invade, pues el artista inteligente sabe que hay que transformar lo existente pero sin la pretensión de reinventarlo todo -entre otras cosas porque está todo muy inventado y reinventado- sino dándole un sello propio y por lo tanto actual, llevándolo al día y abriendo la imagen sacra a la dimensión de la época en la que vivimos. En la actualidad, junto a la estéril repetición de fórmulas, existe la inquietud por quienes no se dejan arrastran por una tradición inamovible y saben escoger lo vital de la misma para evitar que el arte sacro se vuelva un anquilosado cementerio. Ello conlleva a veces aplicar, con mayor o menor fortuna, nuevos materiales -cuyo uso, hasta hace solo unas décadas, hubiera sido impensable por irreverente- y tendencias estéticas poco frecuentadas en la imaginería, como el impresionismo rodiniano o el supuesto hiperrealismo surgido en el siglo XX; supuesto no solo por la discutible fecha de su nacimiento sino porque, pese al verismo que encierran sus propuestas, sus resultados nunca son del todo reales. Igualmente observamos en la imaginería del último milenio interesantes ecos helenísticos que nos devuelven un culto a la belleza y a la expresividad sin tantas convulsiones padecidas en décadas anteriores: partiendo de modelos como el Laocoonte, ya muy reinterpretado por los antiguos, el modelo se idealiza pero esta vez más moderadamente, sin estridencias anatómicas ni excesos sanguinolentos, de forma más armónica y equilibrada. Cobra fuerza la idea del naturalismo sensible como método para hacer de la obra un icono potente, seguramente porque el espectador está generalmente más educado, no solo a nivel cultural sino también emocional y sentimental. En algunos casos, la contundencia viene de la mano del mencionado seguimiento del hiperrealismo, cultivado no estrictamente por algunos artistas -muy jóvenes en su gran mayoría- pero guardando la suficiente radicalidad para que un sector del público lo considere, por distintos factores, demasiado abrumador. |
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Proyecto de sanedrita para el grupo del Prendimiento de Rafal (Víctor García) |
La era internauta, con todas sus modalidades de difusión, ha hecho de la red el medio más rápido para mostrar las creaciones artísticas, consiguiendo que, a golpe de clic, cualquier interesado esté al tanto de lo que hace un artista, y cualquier artista esté al tanto de lo que sus compañeros llevan o cabo o acaban de realizar a tiempo real. El ambiente vivencial por tanto es mucho más rico y abierto, aunque los píxeles paguen la deuda de la distancia. En este punto, somos conscientes de que la fotografía cobra una relevancia especial, pues nos muestra de modo fidedigno -siempre que estemos hablando de unas fotografías de calidad y sin artificios digitales que distorsionen la obra- lo que podríamos contemplar si estuviéramos in situ observando la pieza. Sin embargo, además de recomendar -siempre que sea posible- la contemplación de cualquier obra de arte en directo, seguimos sin resignarnos a inmolar la palabra, más allá de lo puramente descriptivo, en aras de la imagen. Por último, no podemos olvidar el siniestro comercialismo, que no comercialización, surgido en torno a la imaginería del siglo XXI. Derivado precisamente de las nuevas tecnologías, del quiebro económico, de la picaresca coyuntural del país y, sobre todo, de la celeridad por querer lo máximo en el mínimo tiempo, todo ello tiene como secuela la merma en la calidad de estos proyectos, pues las prisas han sido desde siempre su peor enemigo. En este sentido la obra sacra actual también se sitúa como testimonio de su tiempo. Nuestro querido amigo Fernández Paradas, al que agradecemos la posibilidad de sentirnos -dentro de nuestras limitaciones- cómplices en el empeño, aborda con este libro un ambicioso estudio sobre los imagineros del siglo XXI mediante una extensa nómina de autores que, actualmente, se encuentran trabajando en dicha rama del arte sacro; estableciendo una división geográfica por zonas y provincias que compartimos, pues probablemente sea una de las maneras más válidas a la hora de dibujar un catálogo de estilos, de una manera similar a como suele hacerse con los grandes clásicos cuando trazamos una clasificación echando mano de las diferentes escuelas escultóricas que surgieron en la España del Renacimiento y del Barroco. Les aseguramos que su lectura, muy alejada del tono árido y farragoso propio del archivero trasnochado, entusiasmará a todos los que defienden el carácter más ameno y didáctico que debe mostrar cualquier tipo de investigación. |
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Detalle del relieve de Jesús ante los Doctores para Alcalá de Guadaíra (Encarnación Hurtado) |
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