MÁLAGA O EL REFUGIO DEL DUENDE

      Jesús Abades


 

 

La Málaga que yo conocí al principio de mis pinitos periodísticos era una ciudad cosmopolita, hospitalaria, alegre y bulliciosa. Cuando me marché y sólo podía visitarla de forma muy esporádica, ídem. Y ahora que he tenido la ocasión de volver después de un largo periodo de ausencia, también. Con este servidor Málaga siempre ha sido una urbe a la que he sentido cercana, entrañable y tremendamente generosa para todo aquel que, como yo, siempre ha tenido el interés de descubrir su esencia a fondo. Su esencia y la de su inmortal Semana Santa, una fiesta que, como bien han deducido sus estudiosos, la ciudad hace suya hasta el punto que sólo en Málaga podría sobrevivir el cariz que ha tomado gracias a su idiosincrasia.

Con Málaga siempre me he sentido un privilegiado. Ya sea disfrutando en sus calles o contemplándola en la distancia, siempre me ha dado satisfacciones cuando las he buscado y nunca me he encontrado con un mal gesto entre sus paisanos pese a que, por exigencias del guión, el asunto requiriera cierta dosis de plomo por mi parte. Brava e indómita, la ciudad ha sobrevivido a guerras, saqueos, incendios, pillajes, plagas de necios, modernidades malentendidas y demás atentados varios contra su patrimonio, pero aún así es tan feroz el duende que habita bajo sus piedras que hasta al reemplazo más tóxico se ve con buenos ojos. Lo que vino a sustituir a un Pedro de Mena estaba a años luz de un Pedro de Mena, pero en muchos casos guardaba y sigue guardando un carisma de caerse de espaldas.

Amén de la tristeza que siempre conlleva perder buena parte de un acervo artístico y cultural, que además de valioso es propio, hay una cosa que, por obvia, debo comentar. Málaga, mal que le pese a tantos avatares históricos y a tanto mediocre que la ha tenido en sus manos para especular con sus piedras, sus gentes y su embrujo, ha salido reforzada con una dignidad propia de la que ha sido siempre una de las grandes urbes del mediterráneo. Ya sea el destrozo-inmolación de obras sacras, como la construcción de centros comerciales a modo de amasijos globalizadores, pasando por las avenidas impersonales o las pintadas a los muros decorados que en otras épocas plagaron sus rincones, todo ello ha lanzado a Málaga como una superviviente cuya mejor venganza ante tanta tropelía es la de conservar su fascinante encanto para todo aquel que tenga la suerte de adentrarse en su entramado. La apuesta por la Capitalidad Cultural es el mejor reconocimiento a tal hazaña.

Otro tanto ha ocurrido con sus desfiles penitenciales, cuyos primeros testimonios en el siglo XV perviven hoy en día, lo cual es todo un mérito. Después de unas décadas de sinrazón, cayendo lo autóctono en el abandono y la desidia, o bien manipulándose para importar estéticas ajenas -a veces, con resultados aberrantes-, ello no ha hecho más que acabar reafirmando una identidad que ya de por sí era el colmo de la peculiaridad. La Semana Santa más monumental, la de los tronos colosales, los mazos y las campanas y los traslados y los encierros, pero sobre todo, como bien dijo Esther Fernández de Paz, la de los que caminan haciendo estación de penitencia y de los que pasean viéndola como un grandioso espectáculo, todos juntos formando una unidad indivisible.

 

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Escrito publicado en El Cabildo

 

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