PARÍS BIEN VALE UNA MISA
Curro Cañete Leyva
Un domingo de puente no muy lejano sonó mi móvil pasada la medianoche desde un número que no tenía registrado, y no respondí. Al día siguiente, que era fiesta en Madrid, me enteré de que la persona que quería hablar conmigo a esas horas inapropiadas era una compañera y amiga con la que compartí un curso de locución en radio. Y me llamaba desde la redacción del segundo diario de información general más leído de nuestro país. Su misión en el mismo es la de corregir todo el periódico, es becaria, y pude comprobar cómo ello no es óbice para que trabaje no sólo en horario nocturno sino también en días festivos. Otra de mis mejores amigas me contó el otro día que ya no trabaja en la cadena de radio que más oyentes reúne según el EGM. Informaba sin contrato desde las 00:00 hasta las 9:00 horas, todos los días, aguantando broncas de un jefe malicioso, por la irrisoria cantidad de 50.000 de las antiguas pesetillas. Su pasión por la radio le hizo resistir siete meses en horario nocturno hasta que tomó la decisión de largarse cuando se dio cuenta de que las posibilidades de contratación eran poco más que inexistentes. Ahora trabaja por exactamente la misma cantidad para un programa de nutrición que emite la televisión pública. No desvelaré su nombre pero sí diré que ha terminado uno de los máster más caros, cuenta con uno de los mejores expedientes de mi promoción de Periodismo, habla idiomas y que, a su vez, es licenciada en Derecho, amén de ser una de las personas más trabajadoras que conozco. El verano pasado pude comprobar por mí mismo cómo uno de los departamentos de la primera agencia de noticias de nuestro país (y la cuarta del mundo para más pistas) se sostenía durante el período estival por uno, dos, tres... y hasta ¡8 becarios! que trabajaban con eficacia mientras los redactores contratados disfrutaban de sus merecidas vacaciones. Por menos de 300 euros mensuales cada uno, la agencia consiguió seguir informando de acontecimientos tan relevantes como la tragedia en Afganistán de los 17 militares españoles fallecidos, o el voraz incendio que tuvo lugar en Guadalajara y que se cobró la vida de 11 trabajadores de un retén de bomberos. De los más de 30 becarios que pasaron por la referida agencia en 2005, sólo uno consiguió el ansiado contrato y fue exclusiva y temporalmente como sustitución de una baja por maternidad. Y así nos va. No parece ética ni legalmente posible que los principales medios de comunicación nutran sus redacciones con un ingente número de becarios muy bien preparados pero muy mal pagados, que aceptan todo resignados, sabedores de que existen otros 100 detrás que no dudarán en tomar el puesto de no hacerlo ellos. Y mal vamos si esos grandes medios no dudan en relevar a los becarios cíclicamente en lugar de contratar a los que ya se han formado según sus propias normas de estilo, sin importarles pervertir la esencia misma de las becas con tal de seguir aumentando sus ya abultadas cuentas de resultados. Y ahora no crean ustedes que para los suertudos que conseguimos el ansiado contrato ya está todo resuelto. Los periodistas contratados más afortunados son aquellos que entran en el grupo de los que ya se conocen como mileuristas, es decir, cuentan con mil euros mensuales que más les vale administrar bien, pues tienen que pagar alquiler, comida, transporte, etcétera, etcétera, etcétera... o vivir en casa de mamá y papá. Los menos afortunados son la mayoría. Según un estudio elaborado por los sindicatos CC OO y UGT, el 43 % de los profesionales que trabajan en los medios de comunicación no ganan más de 825 euros y un 5 % no superan los 600. Por increíble que parezca, y siempre según el informe, pese a todo se encuentran satisfechos. No dudo de que tuviese razón Tolstoi cuando dijo aquello de que la condición esencial para la felicidad del ser humano es el trabajo, pero no es menos cierto de que todo tiene sus límites y creo que en este país se han sobrepasado hace demasiado tiempo. Y así, mientras los jóvenes de París han sido capaces de rebelarse, alzar la voz, quemar coches, romper escaparates y enfrentarse a cientos de policías robocops para impedir que se ejecute un contrato joven probablemente injusto (ni por un segundo he dudado de que lo conseguirán), los jóvenes españoles todo lo más que hacemos es salir por la televisiones copa en mano para defender el botellón en nuestras calles. Claro que ya lo dijo Hemingway y Vila-Matas: París no se acaba nunca. |
Nota: La Hornacina no se responsabiliza ni necesariamente
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