ENREDADOS

Jesús Abades (16/05/2014)


 

 

El espectáculo ofrecido primero por las redes sociales, y luego por los medios de comunicación que se han apuntado al carro de la muerte de una integrante del lado más oscuro de la política da que pensar. De entrada quiero pedir cita a mi notario para incluir una clausula testamentaria que impida hagan tales impudicias conmigo. Me dan asco los incensarios "post-mortem" abonados a la hipocresía y me revuelve el estómago pensar que alguien ensalce un beaterío del que nunca ha habido rastro. Y mucho menos que "ese alguien" pueda pertenecer a la legión de babosos que están siempre a Dios rogando y con el mazo dando, una legión reactivada especialmente en estos últimos años farragosos y asfixiantes a partes iguales.

Todos a los que les sorprendió nuestra tardía irrupción en las redes sociales, especialmente en Twitter, pueden darse un garbeo por los trending topics de estos últimos días y encontrarán parte del porqué de esa tardanza. La otra parte residiría en una obsesión banal y muchas dosis de ordinariez exhibicionista, como diría Antonio Gala, pero eso es otra historia. El caso es que pocas cosas hay tan insensatas como un perfil o grupo mal usado en la red social, llámese ésta Twitter o Facebook. En cambio, uno bien usado es un nirvana virtual al que debemos dispensar gratitud diariamente, aunque para ese buen uso hay que tener templanza a prueba de bomba, sentido común sampedriano y superávit de inteligencia. Nada de eso tenemos aquí, que conste, pero hemos tenido la inmensa fortuna de que, en ambos casos, nos estén acompañando en esta travesía unos internautas que valen su peso en oro y de los que jamás nos cansaremos de tomar apuntes.

Volviendo al meollo del asunto, pienso que el tema "Isabel Carrasco" se ha salido de madre. Una mujer asesinada no debe ser carne de apaleamiento como ha ocurrido con ella, editando unos tuits a los que solo les falta pisotear su charco de sangre. Conocía poco a la señora, pero con independencia de lo que cada cual sienta y padezca, que de momento somos muy libres para ello, muchas de las 140 palabras -o menos- han sido como 140 rayas de cocaína que se te metían por el cerebro hasta que su escalada de violencia casi te hacía alucinar. Precisamente por la preocupación que me causa el aplauso al suceso en sí, rechazable en cualquier caso, comparto la voluntad de evitar más mofas e incitaciones a hechos tan terribles.

Ahora bien, una cosa es el empleo de soluciones coherentes y otra muy diferente tomarse la justicia por cuenta propia y en su exclusivo beneficio, que es lo que me temo va a suceder. La solución no está en la regresión a la España de la Inquisición, con hoguera incluida y cámaras que lo certifiquen, porque entonces de la escalada de violencia pasamos a una escalada represiva cada vez más patente y así la libertad de expresión no tendrá salvación posible. Los gobernantes -entre otras cosas, para evitar más desafección del pueblo-, no pueden educar siempre diciéndole a la gente qué es lo que debe y lo que no debe hacer, sino prevenir concienciando y cultivando la cultura de la racionalidad liberal. Dada la mano ejecutora del caso Carrasco y las falacias vertidas al respecto por los portavoces mediáticos de quienes solo saben meter miedo y no quieren que internet -ni mucho menos la calle- se mueva, bien podrían empezar trabajando entre sus propias filas.

Una lástima, además, que se vayan a poner las pilas tan tarde y con tanta prevaricación y arbitrio, porque igual han molestado y molestan otras cosas que encizañan no solo las redes sociales sino también los medios de comunicación, como la condena -y cada vez más el veto- a los artistas que satirizan sus procedimientos, las quedadas de grupos de extrema derecha para celebrar la cuchillada al inmigrante o al que no comulga con su escombro mental, las bendiciones a obispos en las antípodas del papa Francisco que enaltecen la discriminación y el terrorismo en sus homilías, la provocación de corruptos y ladrones impunes durante años y años -para los que quisiéramos la misma celeridad empleada con los investigados en este caso-, o las mentiras de quienes han puesto al poder de su lado para ejercer la crueldad y la exclusión hacia los más débiles y necesitados. Hay mucha doble vara de medir en este sentido y, por supuesto, mucho antes del asesinato de Isabel Carrasco.

 

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