LA RESTAURACIÓN DE LAS TALLAS PROCESIONALES

Jesús Abades


 

 

El lógico envejecimiento producido por el paso del tiempo, los daños provocados por los insectos xilófagos o por una manipulación incorrecta, y los incidentes que dan lugar al deterioro inmediato de la pieza, caso de los incendios fortuitos, son factores que hacen necesaria la restauración de una talla procesional. También podemos encontrarnos otras circunstancias de carácter más excepcional que justifican una intervención, como los perjuicios causados por la lluvia durante la estación de penitencia o las deficiencias técnicas que se detecten en la talla debido a la mala calidad de los materiales empleados en su ejecución.

A veces, resulta complicado para los miembros de una hermandad decidir cuál es la persona más indicada para llevar a cabo la restauración de sus titulares. En la década de 1970, coincidiendo con la intervención de varias imágenes sevillanas por parte de profesionales que comenzaban a aplicar, por aquel entonces, las nuevas técnicas y criterios de conservación, varios imagineros como Francisco Buiza, Luis Ortega Brú o Luis Álvarez Duarte emitieron una protesta por considerar que las imágenes sevillanas tenían que ser restauradas por los propios imagineros, que eran los que mejor las conocían.

El problema se halla en que, frecuentemente, artífices como los mencionados han retocado las obras debido al deseo de embellecerlas según las directrices estéticas del momento, dejando su sello personal en las mismas. Este tipo de intervenciones, menos frecuentes en los últimos tiempos gracias a la mayor conciencia de conservación que existe en el mundillo cofrade, reciben el nombre de restauraciones devocionales.

 

 

Frente a tales prácticas, nos encontramos con las restauraciones ortodoxas, llamadas también científicas desde fechas recientes, cuyos fundamentos se hallan en la Teoría de la Restauración (1963) publicada en Roma por Cesare Brandi y en la Carta del Restauro (1972) promulgada por el Instituto Centrale del Restauro de Roma.

Dentro de las mismas podemos distinguir tres clases de intervenciones: aquellas que optan por la conservación de una imagen tal y como ha llegado a nuestros días, otras que prefieren rescatar su impronta primitiva y las más puristas que defienden la conservación sin añadidos de los elementos originales, por muy poco que quede de la obra. Estas últimas son prácticamente infrecuentes en el ámbito de la escultura procesional debido a su peculiar funcionalidad que exige una presencia íntegra ante los devotos. Todas ellas apuestan por una tarea sin modificaciones del original ni añadidos posteriores, tal y como se ha venido haciendo desde la antigüedad hasta el punto de dejar algunas tallas como un vago recuerdo de lo que fueron al salir de las gubias del autor.

Desde hace unos años, existe en nuestro país una rama específica dentro de la licenciatura de Bellas Artes que contempla estudios especializados de restauración. Ello ha permitido una mayor cualificación laboral y el reconocimiento definitivo de la conservación de bienes culturales como un campo dotado de autonomía y peso específico propios. Es de justicia reconocer que, a veces, resultaría deseable una ampliación o modificación del sistema docente debido a la falta de preparación y experiencia que muestran algunos profesionales a la hora de comenzar a trabajar, lo que en ocasiones conlleva un resultado insatisfactorio en la intervención realizada.

 

 

Por otro lado, nos hallamos ante el peliagudo tema de las controversias entre imagineros y restauradores. Frente a las intervenciones devocionales anteriormente comentadas, realizadas en su gran mayoría por artistas sin las aptitudes, las técnicas ni los procedimientos necesarios para acometer una adecuada restauración, tenemos a los creadores que, con los estudios específicos mencionados o sin ellos, han adquirido una serie de conocimientos que hacen que, en casi todos los casos, practiquen unas restauraciones perfectas y ejemplarizantes.

Pese a ello, un sector minoritario entre los restauradores sigue sin ver con buenos ojos las intervenciones practicadas por los imagineros en las efigies procesionales, aunque por regla general la mayoría no se opone a ello si disponen de la adecuada capacidad que evite más adulteraciones en el legado de las cofradías.

En la década de 1990, se celebraron en Sevilla unas jornadas sobre "Semana Santa y patrimonio" en las que destacados profesionales de la restauración defendieron el ejercicio de la misma por parte de todo aquel que disponga de la suficiente experiencia, aunque no esté titulado académicamente para ello. Más recientemente, varios profesionales del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico (IAPH) propusieron al escultor e imaginero sevillano Juan Manuel Miñarro para abordar la dificultosa restauración de dos de las imágenes titulares de la malagueña Cofradía del Monte Calvario, gravemente dañadas por un incendio fortuito.

 

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Escrito publicado en El Cabildo

 

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