EL PAIS DE LOS ECCEHOMOS
Jesús Abades (27/06/2020)
Ya no somos el país de la pandemia, ni el de los corruptos, ni el de las luchas cainitas, ni siquiera el de los discursos de odio con psicópatas disparando al pensamiento ajeno, ahora somos el país de los eccehomos. Cada ciertos meses (pocos, cada vez menos) sale a la palestra una obra de arte española a la que el destroyer de turno pone fina. La mayoría de las que se airean son pinturas, si fueran esculturas ni les cuento, y si los mass media descubrieran los bastidores de la imaginería sacra, puesta en mano muchas veces de una panda afectada a partes iguales de fanatismo, enfermedad mental y cuñadismo perverso, esto ya sería un bucle de denuncias perpetuas que ríanse ustedes de Twitter en hora punta. Lo peor no son las aberraciones en sí, ni tampoco que lleguen a ser aplaudidas por unos meapilas cuyo sentido estético se reduce al del manazas de brocha gorda, sino que hayan llegado a derivar en una moda muy peligrosa hasta el punto que esos pobres eccehomos lleguen a ser defendidos a muerte por las instituciones políticas, parroquias o cofradías que están detrás de ellos. Ya sé que no es algo nuevo, que estas barbaries no eran infrecuentes en el siglo XX y, si me apuran, hasta podemos remontarnos a las últimas décadas del XIX (de aquellos polvos vinieron estos lodos), pero es que ahora se han hecho tan pandémicas que casi podríamos hablar, sin frivolizar, del coronavirus del arte. Para que los internautas de otros países me entiendan, en España no se trata ya de cargarse una obra, sino de enmarcar el estropicio. No me dirán que no nos hemos ganado a pulso el título. De hecho, compañeros foráneos me preguntan qué fue lo que nos ocurrió para tanto despropósito y tanto delito en el tercer territorio del mundo con más acervo cultural. A mí también me gustaría saber el día en que perdimos el norte y por qué decidimos que nuestros tesoros, mimados en el extranjero, debían tener por parte de sus legatarios un futuro más negro que el de un capítulo de "Dark": abandonados, pintarrajeados, desfigurados o maltratados por cualquier mindundi. En cualquier caso, no sería justo demonizar solamente la chapuza del aficionado local o comarcal; por mucho que duela, no olvidemos la plaga de restauradores oficiales u oficiosos, marginados ahora pero idolatrados en su momento, que perpetraron más de una catástrofe. Para los peores anales del arte español quedan, por ejemplo, el falso cura, el arquitecto asesino del barroco en Úbeda, el que daba los cambiazos sin inmutarse, o los que casi se cargan al "Caballero de la mano en el pecho" del Greco o al "Jesús del Gran Poder" del que ahora se conmemora su hechura por Juan de Mesa. Erik el Belga, fallecido hace poco, un santo a su lado. E insisto, ahora no hay más que arengas en contra de todos ellos, pero en su momento no había quien les tosiera, e incluso tuvieron a los diarios más leídos como atriles en los que espolvoreaban sus parrafadas sobre cómo debía intervenirse una obra y cómo no, y sobre quien lo hacía bien y quien no, que para eso aún eran más implacables que a la hora de dejar temblando al Cristo o al lienzo de turno. Dentro de diez años, a algunos de los intocables de ahora los veremos en parecida situación. Si en la víspera del Día Internacional del Orgullo LGBTI resulta vital condenar en España lacras sociales como las terapias de conversión y demás cursos, reuniones y campañas ilegales, encubiertas y organizadas por quienes atentan contra la identidad sexual de las personas (muchas veces en fase crucial de cara a su aceptación), no es menos importante endurecer también las penas para los ruines propietarios y sus indignantes zotes que ultrajan continuamente nuestro patrimonio histórico-artístico, casi tan identitario como el afectivo. En ambos casos, las multas no son suficientes, y todo responde a una abismal carencia educativa que no se soluciona solo con dar a conocer, sino con leyes firmes y resolutivas que enseñen a respetar, valorar y comprender. En nuestras manos está si queremos seguir disfrutando del arte y la diversidad o bien revolcarnos en la intolerancia y el derribo. |