DIOS EN LAS RUINAS

Salvador Marín Hueso (26/12/2013)


 

 

Era una asignatura pendiente, y anoche vi por primera vez "El pianista" de Polanski. "Vaya un preámbulo navideño", diréis. Y es que, en efecto, cuando la película acaba uno se pregunta por qué el mundo siguió rodando; por qué la Humanidad no decidió cerrar la Historia. Y, al fin y al cabo, uno lo único que ha hecho ha sido visionar una serie de imágenes desde la comodidad de su sofá: pero a uno le habría podido tocar ser, por cruel decisión de la rueda de la fortuna, la madre que asfixió a su hijo para que dejara de llorar durante un registro de la Gestapo; uno podría haber sido la chica que ingenuamente pregunta "¿Adónde nos llevan?", y recibe por respuesta un tiro inmediato en la frente...

La "Soah" (que es como el pueblo judío conoce al Holocausto) puso a Israel (no me refiero al país, sino a la comunidad histórica de la Alianza del Sinaí) cara a cara con el abismo, con el desierto absoluto. Dios dejó de ser, para muchos, siquiera una posibilidad más o menos abstracta. La frase "¿Dónde está Dios?" rodaba de boca en boca. "Si Dios existe, le exijo que me pida perdón", dejó escrito en una pared un preso de un campo de concentración.

¿Dónde está Dios? ¿Dónde estaba Dios en Auschwitz, dónde estaba Dios en los "gulags" soviéticos? ¿Dónde estaba Dios en Camboya, cuando Pol Pot se dedicaba al "hobby" de coleccionar calaveras? ¿Dónde estaba Dios cuando, en su nombre, se quemaban vivos a hombres y mujeres por el simple delito de pensar, de ser fieles a su conciencia? ¿Dónde estaba Dios en cada hambruna, en cada epidemia? ¿Dónde está Dios cuando una mujer es violada, cuando se abusa de un niño, o cuando un homosexual es izado en una grúa para que su asfixia terminal sirva de mofa y ejemplo?

Vaya preámbulo navideño tuve, en efecto, con "El pianista". Se calcula que la II Guerra Mundial se saldó con unos 50.000.000 de muertos. La II Guerra Mundial acabó en agosto de 1945 con la rendición de Japón tras esos dos crímenes contra la Humanidad llamados Hiroshima y Nagasaki. Es decir: de aquel horror que refleja "El pianista" hace tan sólo 68 años, aunque nuestra necesidad de olvidar lo sitúe ficticiamente en la Prehistoria de nuestra memoria. ¿Qué huerto de podredumbre, como le clamaba Dámaso Alonso, quiso sembrar Dios con tanta semilla de sangre? ¿Qué huerto de podredumbre ha querido seguir sembrando cuando, a lo largo de las décadas, la Humanidad no sólo no decidió cerrar la Historia, sino continuar la espiral de la sangre?

¿Me equivoqué de preámbulo navideño con "El pianista"? Lo he estado pensando y he llegado a la conclusión de que fue un regalo que el "Emmanuel" me puso por delante, para no equivocarme hoy a la hora de tener claro qué celebro.

Hoy, no celebro un Dios entre algodones, un Dios Todopoderoso, un Dios Rey y Juez inconmovible de la Historia. Hoy celebro, en efecto, al "Emmanuel": 'Dios con nosotros'. Un Dios que siente la necesidad de abandonar su trono inalcanzable e incomprensible para abajarse a lo alcanzable y lo comprensible. "El pecado es la carne", decían nuestros mayores. Pues bien: justo ahí, precisamente, es donde mi Dios se aparece en Nochebuena: en la carne, en el pecado, en el límite, en lo indefenso.

El Dios de mi Navidad es el Dios que ingresa en el pecado cada noche de 25 de diciembre. El Dios que, harto del cielo, prefiere la tierra, es decir, lo imperfecto, lo sufriente, y (tantas veces) lo absurdo. Mi Niño Dios fue judío en la Soah; fue prisionero político en los "gulags"; niño soldado hoy en África. Mi Niño Dios luchó y cayó en los dos bandos de nuestra guerra civil.

Si nuestro mundo es tantas veces un infierno, aquí nace Dios: en el infierno, para abandonar la solidaridad teórica con el hombre y padecer Él mismo la carga del hombre.

 

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