FEDERICO BAROCCI. IV CENTENARIO (V)
MADONNA DEL GATO

Federico Giannini. Con información de Jesús Abades


 

 

La Madonna del Gato, que no debe confundirse con otra creación del mismo título (hacia 1595-1600) de Barocci que se conserva en la galería florentina de los Uffizi, es una de las pinturas más alegres y familiares, y por tanto más apreciadas por el gran público, del artista de Urbino. La obra toma su nombre del gato blanco con manchas marrones que, puesto en pie sobre sus patas traseras, contempla con avidez el jilguero (símbolo de la Pasión de Cristo) que le muestra un pícaro San Juan Bautista en su mano derecha.

San Juan Bautista (también llamado San Juanito) aparece, junto con el Divino Infante, en el regazo de la Señora, que intenta en vano amamantar a Jesús, distraído por las provocaciones al minino del santo, que además sujeta el pie derecho del primo. Detrás de María, que mira sonriente al Hijo, figura San José inclinado para observar divertido una escena tan terrenal y cotidiana que casi parece que no estemos ante la iconografía de la Sagrada Familia, a lo que contribuye la ambientación doméstica con objetos de la vida diaria.

Algunos autores han querido ver en este óleo Madonna del Gato (hacia 1575), conservado en la National Gallery de Londres, un antecedente del estilo de Caravaggio, especialmente en la disposición de los pies de la Virgen, similar a la de los peregrinos del cuadro la Virgen de Loreto del maestro milanés. La pieza de Barocci, realizada según Bellori para el conde Antonio Brancaleoni, un aristócrata que vivía cerca de Perugia, mide 112 x 92 cm. El diseño fue grabado en 1577 y el lienzo debió haber sido pintado no mucho tiempo antes.

Al igual que otras obras de Federico Barocci, como la Madonna de las Cerezas (escena tomada del Descanso en la Huida a Egipto, 1570-1573) o la mencionada pieza de la Galería de los Uffizi (imagen inferior), muestra una inusual informalidad en la composición, aunque en este caso su vivacidad es aún mayor que las dos anteriores. Es tal la relajada sensación que el autor ha querido imbuir en la Madonna del Gato que, por ejemplo, la cruz de la que el Bautista casi nunca se desprende aparece casi olvidada sobre la pared izquierda de la estancia.

 

 

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