CARAVAGGIO. IV CENTENARIO (V)
LA MUERTE DE LA VIRGEN
Carlos Cid Priego y Jesús Abades
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Como apuntamos en nuestra anterior entrega, Caravaggio situa al público en un plano muy bajo para subrayar el carácter tenebrista de la escena. Por ejemplo, en su celebrado Entierro de Jesús (hacia 1602-1604), conservado en los Museos Vaticanos, se supone que el observador está dentro de la fosa que se adivina en primer término.
A diferencia de su compatriota Leonardo Da Vinci, cuyo suave modelado pictórico es tan dulce y misterioso como la enigmática sonrisa de La Gioconda, el trazo de Caravaggio, inserto en su famoso claroscuro, es agresivo e inquietante, fiel reflejo de su controvertida personalidad. Ello podemos verlo en otras de sus obras maestras de carácter religioso, caso de La Vocación de San Mateo (1601), en la iglesia romana de San Luis de los Franceses; La Conversión de San Pablo (1600), hoy en un día en una colección privada de Roma, o La Crucifixión de San Pedro, pintada en el año 1601 y conservada en la basílica romana de Santa Maria del Popolo.
Para La Muerte de la Virgen (1606), obra de gran tamaño (369 x 245 cm) al igual que las anteriores, Caravaggio tomó como modelo el cadáver de una mujer ahogada en el Tíber. Era fea, pobre y tenía el vientre hinchado como consecuencia de la putrefacción. La pintura, realizada para la Capilla de Laerzio Cherubini de la iglesia romana de Santa Maria della Scala, causó un gran escándalo y, finalmente, fue retirada del templo. Tras ello, pasó por varios propietarios hasta que recaló en Francia de la mano del rey Luis XIV. Hoy en día considerada como uno de los cuadros más religiosamente dramáticos que se han pintado, podemos admirarla en el Museo del Louvre.
Uno de los grandes perjudicados por el arte de Caravaggio fue El Greco, cuyo brillante manierismo resultó muy eclipsado en los años finales de su existencia por el entusiasmo que despertó en Europa el naturalismo introducido por el italiano. No fue, nada más y nada menos, hasta el año 1908, gracias a la excelente monografía realizada por Manuel Bartolomé Cossío, cuando la obra de El Greco comenzó a ser valorada en su justa medida.
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