LOS ICONOS RUSOS
Paloma Gómez Borrero (11/08/2011)
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Todo un ritual místico debía seguir el monje pintor de la antigua Rusia cuando de madrugada daba la primera pincelada a su icono. Lo hacía de rodillas, invocando la ayuda de Cristo o de la Madre de Dios: rezaba, en verdad, desde que comenzaba a preparar la tabla, que nivelaba mediante la aplicación de una tela o extendiendo sobre ella una capa de yeso o de polvo de alabastro, hasta cuando, partiendo de los colores más oscuros a los más luminosos, iba plasmando la imagen. Los iconógrafos eran siempre monjes o religiosos, consagrados por los obispos para ejecutar este arte divino-humano. La oración era, por ello, imprescindible, como indispensable era atenerse a unos cánones que prohibían, por ejemplo, y entre otras cosas, hacer copias o reproducciones.
Hasta los Concilios fueron explícitos en esto: en Trullo, en el año 692, fue sentenciado que la iconografía no fue inventada por los pintores, sino que es una regla confirmada y una tradición de la Iglesia, y el Concilio de los 100 Capítulos, precisó en el año 1551 que los iconógrafos no deben desplegar la fantasía o la imaginación, sino seguir los manuales -los podlinnili- que dictan las normas. La oración era otra de las recomendaciones; según un antiguo manuscrito, se tenía que orar con lágrimas para que Dios penetre en el alma y guíe la mano.
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Tanto en las imponentes catedrales de las ricas ciudades rusas, como en las pequeñas ermitas perdidas en los bosques o en la estepa, los iconos estaban considerados como unos auténticos tratados de teología y eran venerados con amor por el pueblo. El poeta Solouchin describía así la relación de una anciana labradora con su icono: "me levanto por la mañana, lo limpio ligeramente con aceite, le enciendo una lamparilla delante, habla largamente conmigo, dulce y claramente, la Virgen, mi Patrona, habla conmigo".
El arte del icono, aparentemente sencillo, lleno de símbolos, llegó a Rusia gracias a los maestros de Constantinopla, del Sinaí y del Monte Athos. Desde el siglo XIII hasta el reinado del zar Pedro el Grande, en el año 1700, tuvieron enorme apogeo. Los iconos procedían de Kiev, Novgorod y decenas de centros feudales donde surgieron los talleres. De entre sus temas destacan el rostro de Dios, ángeles y santos, fiestas de la iglesia y, especialmente, el rostro de la Madre de Dios. Llamativo es uno mariano del Museo de Rjazan, vinculado con la tradición de Athos y sobre el que existe la creencia de que lo trajo a Rusia desde la santa montaña el obispo Evfrosin, así como otro que representa al monje Antonio de Roma, quien, según la leyenda, llegó agarrado a una tabla por el mar desde Novgorod, donde fundó un monasterio. Con la revolución bolchevique, los iconos desaparecieron o pasaron a los museos.
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FUENTES: GÓMEZ BORRERO, Paloma. "El Icono, Tesoro de Rusia",
publicado en Antiqvaria, nº 68, año VII, Madrid, 1989, pp. 50-54.
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