LA CANÍCULA EN PÍLDORAS (IX)
Jesús Abades
Píldora irracional Ya he dicho muchas veces que nunca entenderé qué placer existe en maltratar a un ser vivo con un fin supuestamente lúdico. Lo ocurrido días atrás con el Toro de la Vega es una de esas muestras indignantes, decadentes e inaceptables de martirio animal que, bajo el pretexto de un festejo, sobreviven en una España que presume entre sus vecinos, como buenos candiles de casa ajena que somos, de cuerda y de racional. Casi media hora de agonía, miedo y dolor en una sádica salvajada cuya prohibición debe dictarse de inmediato. Píldora de cal y arena Me refiero al cine estrenado el pasado fin de semana: la cal para Arrietty y el Mundo de los Diminutos, nueva gema del emporio Ghibli con guión del ecológico Hayao Miyazaki, que consigue la película perfecta para todos los que alguna vez desearon que una casa de muñecas cobrara vida. La arena, aunque me cueste decirlo porque Terrence Malick vale su peso en oro, es para El Árbol de la Vida, que aunque posee imágenes hermosas resulta un deslucido híbrido entre 2001 y Evangelion. Muchos dicen de la de Malick que, o se la ama o se la odia; yo me quedé más frío que un témpano, la reacción más temida hacia lo que presume ser una obra de arte. Píldora antibasura Tuve la suerte de tratar por motivos profesionales a Carmen Cervera cuando, en aras de la salud del barón, decidió reemplazar las majestades gerundenses por el barroquismo almonteño. Iba yo de peregrino forzoso para la ocasión y pude admirar su exquisita educación, cortesía y accesibilidad con todo el mundo que se posaba a su lado. Además de ser una más dentro del cotarro, no hubo divismos ni malos gestos de esos que le achacan los aristócratas que tantas y tantas veces le han hecho injustamente el vacío, todo lo contrario; su simpatía, aderezada con una frivolidad estudiada al milímetro, y su cordialidad con la gente me llevaron de calle y, desde entonces, siempre me he reafirmado en considerarla como una de las pocas presencias singulares que ocupan las portadas de hoy en día. No sé si lo hizo por acercamiento a los reyes, por vanidad o por sincero deseo de que se admirara en su país, pero lo cierto es que en Madrid está la colección privada más importante del mundo, por un precio nimio para su auténtico valor y por encima de otros aspirantes económicamente más poderosos que, en su momento, lucharon con ahínco por ella, caso de Japón o Estados Unidos. A la incalculable valía de las piezas expuestas hay que sumar las satisfacciones que el museo nos ha deparado desde su apertura, desde impagables cursos y talleres de arte hasta la celebración de las exposiciones de pintura más interesantes del país, pasando por el inmejorable trato dado a la prensa (y hablo por experiencia propia), a la que se da todo tipo de facilidades para hacer el mejor de los trabajos, especialmente si se trata de medios especializados. Píldora injusta Me adhiero a los especialistas que hablan de Palestina como el mayor ejemplo de injusticia y doble vara de medir que hemos vivido en Occidente. Una auténtica vergüenza el hacinamiento que vive la población en Gaza y Cisjordania, dos deprimidos reductos atosigados por el colonialismo. Toda la razón también para los que piensan que, de tener petróleo, ya estarían hasta en la Unión Europea del brazo de Turquía. Píldora pop Se nos ha ido Richard Hamilton, uno de los pioneros del Pop-Art en Inglaterra, país donde nació (en el ICA de Londres, para ser más exactos) un movimiento fascinado por las masas urbanas, cuyo papel fue asumir lo banal con indiferencia y elevar el consumo a la categoría de objeto artístico. Hamilton fue uno de sus padres (aunque el término se atribuye a Lawrence Alloway) y su influencia, especialmente en el collage, se deja sentir en obras de españoles como Dis Berlin, muy en boga a partir de los 90 gracias, en parte, a Almodóvar. Píldora glam Si Alaska y Mario Vaquerizo no existieran, habría que fabricarlos con plexiglás. Es más, hasta diría que una charla de media hora con ellos al día es algo que debería recetarse bajo prescripción médica, sobre todo para aquellos que padecen stress galopante por aneuronalidad ajena. Y sí, sí, Alaska y Mario, los dos, porque aunque la discípula de Divine haya sido siempre el icono para los medios, su marido se ha revelado como otra presencia arrolladora, tan hipnótica como ella. Por encima de divismos prefabricados y paranoias demodé, Alaska y Mario (junto con Nacho Canut y los demás otros) optan por la inteligencia natural, probablemente el instrumento más certero, pese a hallarse actualmente incomprendido por muchos, para evolucionar haciendo guardia en todas las garitas y, encima, ofrecer una admirable coherencia, muy rara de ver entre los artistas de hoy en día. La mayor satisfacción es comprobar la manera con la que, gracias a unas dotes sinceras y ejemplares, salen airosos de todos los terrenos (incluso de los más fangosos) a los que su valentía les conduce y de los que pocos saldrían ilesos. Más que alquimistas o electricistas, los de Fangoria son terapéuticos. Píldora odiosa Los implantes capilares deforman el cerebro, al menos el del nietísimo cuyo cráneo parece el de Rosaura, ese cabezón muñequil al que las niñas peinaban y trenzaban, y las más gamberras (las más sabias en su mayoría) teñían con mercromina o pelaban a trasquilones. Su ralea provocó que un día tomara, más que de costumbre, el sol de cara, y cegado, creyera ver el talento de Dalí donde solo hubo un macabro ingenio para la represión y el exterminio. En cualquier otro país estaría en el exilio, pero aquí sigue haciendo caja; esta vez con una excrecencia literaria auspiciada por entes tan mohosos como sus reivindicaciones. Otro cuento de nunca acabar. |
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